Gabo, el que nos faltará a los periodistas

Hace exactamente un año que Gabriel García Marquez se  fue dejando un gran vacío en el mundo de las letras y en el del periodismo. Nos sigue haciendo falta pero seguirá siempre siendo el ejemplo a seguir entre los que seguimos creyendo que, pese a todo, el periodismo es el mejor oficio del mundo. Este texto fue publicado en el periódico mexicano El Gráfico el año pasado, un día después del fallecimiento de Gabo. Hoy lo recordamos, en su primer aniversario luctuoso.

Por Elizabeth Palacios

“El mejor oficio del mundo”, decías que era este que me une a ti. Empezaste como muchos de nosotros, con miedos y con errores pero con el paso del tiempo te diste cuenta que el periodismo iba mucho más allá del cuando, dónde y cómo. Más lejos que la simple pirámide invertida, mucho más profundo que el ‘dijo’, ‘afirmó’, ‘señaló’ de la declaracionitis tradicional.

20 años antes de que tu novela más famosa fuera publicada tú no te estabas graduando como periodista, sino como abogado. Pero a esa profesión de título le fuiste infiel de corazón, con una más atrevida, más seductora. Comenzaste a escribir para El Universal de Cartagena el mismo año que te graduaste en leyes, después unos años en El Heraldo de Barranquilla. Ahí formaste parte junto a tus amigos y colegas, del Grupo de Barranquilla. Ahí fue donde encontraste inspiración para la vocación literaria que con el tiempo te llevaría hasta la cima.

Para ti el periodismo fue como la balsa en el mar, el cable a tierra, la manera que tenías para no perder contacto con la realidad. Fuiste crítico de cine, otra de tus pasiones. Corresponsal extranjero en el hermoso París de finales de los cincuenta, producto de una famosa controversia.

Relato de un náufrago fue una serie de 14 crónicas publicadas en El Espectador de Bogotá, basadas en los relatos de un joven marinero que sobrevivió al hundimiento de una embarcación. Sus revelaciones provocaron la ira de quienes defendían una versión oficial que no correspondía con la realidad. Así fue que París ganó a un gran cronista entre sus calles.

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Tras el triunfo de la revolución cubana, te trasladaste a Cuba en el año de 1960 y trabajaste en Prensa Latina, la recién fundada agencia de noticias del gobierno que encabezó Fidel Castro, de quien fuiste amigo entrañable, al igual que de Ernesto “Che” Guevara.

Justo en el mismo año que yo nací, tú fundabas en Colombia la revista Alternativa, madre del periodismo de oposición en tu país natal. Pasaron 20 años para que en 1994, junto a los dos Jaimes, tu hermano y el actual director y amigo que muchos periodistas conocemos, fundaras la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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“Trabajar por la excelencia del periodismo y su contribución a los procesos de democracia y desarrollo” reza la misión de la FNPI, y gracias a tu empeño y el entusiasmo de entrañables maestros como Alma Guillermoprieto, Tomás Eloy Martínez, Javier Darío Restrepo, Miguel Ángel Bastenier o Jon Lee Anderson, hoy la fundación sigue en pie de lucha, formando más y mejores periodistas a lo largo y ancho del continente que tanto amaste.

Hasta ahora son cientos los periodistas iberoamericanos que han pasado por las filas de esta institución noble, preocupada por dar continuidad a tu legado, a ese llamado nuevo periodismo en el que nadie quería creer.

Creíste siempre en un periodismo donde la ética y la buena narración estuvieran por encima de los intereses de quienes manipulan la información. Quienes nos formamos como estudiantes de periodismo en la década de los noventa, y que hoy tratamos de cumplir esa misión en los medios, hemos tenido en la FNPI una gran plataforma de conocimiento y compañerismo, única en el mundo.

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He sido beneficiada por becas de la FNPI tres veces a lo largo de mi carrera, pero sólo tuve oportunidad de cruzar palabra contigo una vez, en un contexto totalmente ajeno. Era una reportera novata pero ya sabía que no hay peor momento para cruzar palabra con quien admiras que en un funeral.

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Tú estabas allí, triste, despidiendo a alguien entrañable. A mi me pedían llevar “reacciones” en la nota carroñera que siempre se pide. Tímidamente me acerqué y te dije: “soñé mucho con el momento de conocerlo, imaginé qué le diría y ahora me obligan a preguntarle cómo se siente, cuando la respuesta es tan obvia”. Me tomaste con ternura el hombro y me diste un abrazo, con la voz entrecortada me dijiste que entendías mi trabajo pero no podías responder. Luego volteaste y señalaste a una mujer alta y esbelta que nos daba la espalda. Me llevaste del brazo y me presentaste a Elena Poniatowska al tiempo que dijiste: “ve con ella, a ella le encanta hablar”.

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Gracias Gabo, gracias por tu vida en mi vida, tus palabras, tus crónicas, tu fundación y tus enseñanzas para quienes amamos el periodismo.

Adios Gabo, ten un buen viaje.

Carta a Eduardo Galeano, maestro de utopías.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Por Elizabeth Palacios

Me enteré que te habías ido  un segundo después de apagar el motor del auto. Había llegado con prisa a casa para iniciar una semana más haciendo todas esas cosas que no tienen mucho sentido pero que se roban nuestro tiempo y energía en el diario vivir. Cuando leí la noticia de tu partida mis ojos comenzaron a escurrir, igual que la ropa nos escurría aquella noche en la que estuvimos cerca por última vez. Yo corría para llegar a tiempo, bajo una lluvia intensa y algo atípica en el otoño. Era el 5 de noviembre de 2012 y yo quería verte, hacía tanto que no escuchaba tu voz, tus palabras sabias y certeras. Pero no era la única, llegué tarde y me quedé afuera, recibiendo sobre mi cabello largo, el llanto del cielo. Nadie se fue, aunque la lluvia no cesaba. Colocaron unas pantallas para que pudiéramos verte y escucharte, en medio de las protestas de la multitud empapada.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Con las pausas que da alguien que sabe qué decir y cómo hacerlo, comenzaste a hablar. No sabíamos si estábamos asistiendo a una conferencia sobre un tema, si hablarías de tu último libro o del siguiente. Sólo acudimos al llamado de un amigable “encuentro con tus lectores”. Contigo ahí, no necesitábamos saber más, era tu presencia misma el consuelo que nuestras mentes buscaban.

Como soy baja de estatura, no alcanzaba a verte bien en la pantalla, pero te escuchaba, oía tu respiración un tanto cansada, que abría paso a ese sonido grave de tu voz. El mismo sonido que me puso a temblar y tartamudear la vez que tuve el atrevimiento de llamar a tu casa, así, sin pensarlo mucho, sólo tomando valor.

No recuerdo exactamente como, pero en enero de 2009 conseguí tu número telefónico. Quería reproducir “La Canción de los Presos”, un desgarrador texto que escribiste en 1979 sobre los horrores de las prisiones de la dictadura militar uruguaya, donde los presos se desahogaban escribiendo pequeños poemas de resistencia, dignidad y amor a la vida. Yo quería tener aquellas palabras en las páginas de la revista que yo editaba. Necesitaba tu permiso para hacerlo. Me habían contado ya que tu salud no era buena, pero me alentaba saber de tu compromiso con las causas justas. Nunca dejaste de creer en la justicia y por ello siempre te admiré. Viviste en carne propia los años duros, el exilio y la persecución. Pero seguiste caminando, y no sólo eso, sino que nos enseñaste que caminabas siguiendo a la utopía y con ello, alentaste a más de una generación a seguir creyendo que lo imposible se puede construir si se avanza con un paso certero y constante.

Recuerdo bien que mi corazón latía a toda prisa mientras del otro lado del auricular, se escuchaban los tonos de que a lo lejos, en tu amada Montevideo, timbraba el teléfono. Contestó ella, Helena, la mujer que acompañó tus pasos e inspiró tus letras desde 1976, en la efervescencia de los días difíciles de la historia uruguaya.

Helena me escuchó atenta mientras le explicaba el motivo de mi llamada desde las lejanas tierras mexicanas. Finalmente, aunque me advirtió que no estabas bien de salud, te llamó y te pusiste al teléfono. Repetí toda la explicación y sentía que flotaba. Estaba hablando contigo y no podía creerlo. La conversación fue breve, me preguntaste algunas cosas sobre el tipo de publicación que yo hacía y al decirte que era especializada en derechos humanos y de distribución gratuita, aceptaste de inmediato que tus palabras estuvieran en nuestras páginas. Los derechos humanos siempre fueron una de tus prioridades, pues encierran los componentes de ese utópico mundo justo con el que soñaste y nos hiciste soñar.

Nos despedimos pronto esa, la única vez que cruzamos palabra. Comenzaba el año y yo aún no sabía que la vida me iba a llevar a Montevideo nueve meses después. Que podría andar esas mismas calles que tú andabas a diario en tu ciudad, aquella a la que volviste cuando las aguas del horror se calmaron. Cuando conocí el mercado del puerto, me contaron que a veces ibas por ahí. Todos parecían saber de ti, y de que tu salud era delicada. Desde entonces tuve miedo de que te fueras pronto, pero seguiste dando la batalla por seis años más.

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Por eso corrí aquella noche bajo la lluvia, porque no sabía si tendría otra oportunidad para verte aquí, en mi México. Desafortunadamente, no la hubo.

Desde 2012 me acompañas a diario. Unos días después de aquella tarde en que tuve que conformarme con escucharte leer mientras la lluvia me empapaba, viajé a Francia llevando conmigo Los Hijos de los Días, el libro hecho con peculiares efemérides que se convertiría en tu última publicación. Me asombra la precisión con la que tus palabras me revelan algo cada día.

El 13 de abril, fue el día que tu cuerpo eligió para abandonar esta dimensión, para transformarse y continuar el viaje hacia otros mundos. En ese libro, el que descansa en mi buró todas las noches para acompañarme cada mañana, tal fecha está dedicada a la ignorancia del hombre moderno occidental, que no supo entender la sabiduría cuando la tuvo enfrente y, ante lo desconocido, apostó por la barbarie. Fue tu último día en la tierra y aún así me obligas a reflexionar… ¿nosotros habremos sido capaces de verte?

Descansa en paz no es una frase para ti, porque tu alma y tu mente fueron incansables, igual que tus convicciones. No descanses Galeano, transfórmate y no abandones al mundo que, sin tus palabras, ha quedado un poco más a merced de la barbarie a la que a diario intenta someternos la ignorancia. Buen viaje maestro de utopías y no descanses, que nosotros no lo haremos. Así nos lo enseñaste.

De verdad… ¿Quiero pan con lo mismo?

Cuando pienso en la fidelidad me provoca incomodidad. Pienso hoy que es un concepto sobrevalorado y muy desigual. Mientras que para los hombres la fidelidad puede ser algo opcional y casi negociable, para las mujeres parece ser un deber. Así está escrito en textos religiosos, dogmas, y hasta leyes, en muchas culturas, a lo largo de los siglos. Entonces, ¿ser fieles es nuestro destino?

Por Elizabeth Palacios

Ese nivel de imposición transformó a la fidelidad en un deber para las mujeres. Ni siquiera se cuestiona, mucho menos se reflexiona. Así, sentirse atraída por alguien que no es tu pareja lo primero que genera es una tremenda culpa.

Cuando yo confesé mi primera infidelidad, ni siquiera había sido infiel. Es decir, lo había sido con el pensamiento y sí, un poco con los besos robados y furtivos, pero no me había acostado con ese hombre que me había devuelto a la vida justo en el momento en el que me encontraba atrapada en la rutina de mi matrimonio. ¿Por qué no me había ido a la cama con él si me había revolucionado todo al conocerlo? Al principio creí que por amor a mi marido, hoy se que fue por culpa.

Una culpa absurda que me llevó a confesar algo que, en estricto sentido, ni siquiera había pasado. ¿Por qué decidí entonces hablar de ello con mi marido?, porque tenía miedo de lo que estaba sintiendo, de lo desconocido, del riesgo y de perder a mi familia. Porque sí, la infidelidad debería ser un asunto de pareja, pero se transforma en un asunto en el que los hijos suelen salir embarrados. Yo pensé que siendo honesta mi vida volvería a la rutina y la certeza, o sea, al aburrimiento seguro y confortable donde quizá me sentía miserable, pero nunca inmoral.

¡Nada más equivocado! Cuando le dije que estaba preocupada porque creía haberme enamorado platónicamente de alguien más, no hubo marcha atrás. No importaba que le jurara que se lo estaba contando para que encontráramos la solución, para que averiguáramos el motivo de mi carencia afectiva. De nada valió haberme aguantado las ganas de irme a la cama con aquel amor que me ponía a mil, de todos modos mi marido jamás creyó que mi amor hubiera sido platónico. Ahí me puse a pensar, ¿es que para los hombres la infidelidad sólo puede ser sexual? pero ¿no pueden creer en que en un enamoramiento platónico extra marital existen iguales o hasta más riesgos para la estabilidad de un matrimonio?

Lo cierto es que mi confesión sólo me trajo desdicha. La confianza se perdió y ningún intento de mi parte por recuperar la relación valió para nada. No había un sólo día en que él no me recriminara algo que en realidad nunca había ocurrido y como dicen, tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe, igual que se rompieron mis barreras morales.

Así conocí a la persona con la que protagonicé mi verdadera primera infidelidad. No me sentía bien por hacerlo, pero era adictivo. Lo prohibido suele ser lo más anhelado.

Hoy se que mi matrimonio estaba mal desde mucho antes de aquel enamoramiento platónico y que, al igual que la relación posterior que sí prosperó, esos resbalones no eran más que consecuencia de una carencia emocional y una rutina que no quería aceptar.

Aprendí que la fidelidad era una imposición social sobrevalorada, así que en mi siguiente relación intenté ser más tolerante y comunicativa con mi pareja. Los papeles se invirtieron. El infiel era él y, para que lo niego, sí me dolía. Pero tratando de ser racional y de aplicar el aprendizaje, intentamos una relación abierta. Tampoco funcionó, tras el primer encuentro sexual que de común acuerdo yo tuve con otra persona, mi pareja dijo no poder con eso de ser open mind y decidió volverse fiel, a cambio de que yo también regresara al redil. No me costó trabajo, yo quería estar con él. No sabía que las cosas cambiarían, que aunque se empeñara en ocultarlo, le carcomían los celos y su aparente compromiso sólo ocultaba un terrible miedo a ser engañado. La relación se fue a pique.

Desde entonces, hace ya siete años, soy soltera y aunque sigo pensando que la fidelidad es una imposición social, tengo claro que quiero y merezco a alguien que quiera estar sólo conmigo, que puedo comprometerme a estar sólo con una persona pero que si alguno se resbala, no pasa nada porque ¿de verdad quiero comer, hasta el fin de mis días, pan con lo mismo?… no lo se.

No me regalen flores

Cada que se acerca el 8 de marzo me dan ganas de convertirme en Lisa Simpson y hacer una campaña similar a las que hacen los ecologistas que se encadenan a los árboles para impedir que los talen. Sí, pero yo me encadenaría a las puertas de florerías, chocolaterías y otras tienditas de detalles cursis que no se porque muchos hombres deciden enviar a las mujeres “que festejamos nuestro día”.

Peor aún, cada año tenía que explicar a mi propia familia porque no me gustaba que me pusieran mensajes lindos alabando a mi esencia femenina el 8 de marzo. Se limitaron a decir que soy una grinch y por fortuna eso me liberó de las cadenas de mensajes en redes sociales.

Por Elizabeth Palacios

No se trata de que desprecie mi naturaleza femenina, al contrario, me encanta y me siento muy orgullosa de haber nacido en un cuerpo de mujer. Me considero buena madre, amo a mis hijos y en pocas palabras, creo que ser mujer es genial. Pero es que el 8 de marzo no festejamos eso. Es más, no festejamos nada.

Se trata de una conmemoración, es decir, una fecha que invita a la reflexión en torno a los derechos de las mujeres, a las condiciones de inequidad que enfrentamos en la escuela, en la calle, en el trabajo y en nuestra propia casa. Y eso, ha acompañado a nuestro género durante generaciones y generaciones.

No se trata de un día para que los hombres “nos reconozcan” ni para que “nos agradezcan”. No es para que nos “feliciten” por ser suaves, entregadas, luchadoras, trabajadoras e inspirarlos desde el altar inmaculado de una madre abnegada o una mujer sumisa que logra sus metas a pesar de que el mundo se sigue negando a reconocer sus derechos. Y es que, queridas lectoras, la conmemoración del 8 de marzo es un asunto de derechos, no de flores.

Una de las primeras luchas vinculadas a esta conmemoración fue por nuestros derechos civiles, por algo que hoy tal vez ni se reflexiona: el derecho a elegir a nuestros gobernantes. Hoy parece que el voto es algo simple, y se ha depreciado tanto que hasta hay quienes lo venden por una despensa. Sin embargo es en realidad un derecho que hasta principios del siglo XX seguía siendo negado a las mujeres sólo por eso, por el hecho biológico de ser mujeres. Eso significaba que éramos consideradas ciudadanas de segunda clase. En medio de la exigencia del derecho al voto fue que a partir de una declaración del Partido Socialista de los Estados Unidos, el 28 de febrero de 1909 se celebró en ese país el primer Día de la Mujer. La conmemoración continuó cada último domingo de febrero hasta 1913.

Del otro lado del mundo, en 1910, la Internacional Socialista proclamó en Copenhague, la capital de Dinamarca, el Día de la Mujer ya con un carácter internacional, como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para ayudar a conseguir el voto femenino universal. En ese momento aún no se estableció una fecha fija para la celebración.

Un año después, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se celebraron mítines el 19 de marzo donde más de un millón de mujeres y hombres exigieron el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la educación y a la no discriminación laboral.

Pero lamentablemente, mientras en las calles europeas el movimiento comenzaba a tomar fuerza, Estados Unidos vivió una de las tragedias que finalmente marcó a esta conmemoración. El 25 de marzo de 1911, más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, murieron en el trágico incendio de la fábrica Triangle en Nueva York. Las condiciones laborales infrahumanas en las que estas mujeres se ganaban la vida destaparon la cloaca y a partir de allí hubo cambios significativos en las leyes laborales de los Estados Unidos y después de eso, los derechos laborales fueron el centro del  discurso de las conmemoraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer.

A pesar de que en los años siguientes el mundo vivió dos grandes guerras, donde las mujeres salvaron la vida de los soldados, cultivaron los campos, educaron a los niños y mantuvieron a flote al mundo que se empeñaban en hundir, ellas siguieron siendo consideradas ciudadanas de segunda.

Por supuesto, el sólo hecho de conmemorar un día internacional no cambió la vida de los millones de mujeres. No redujo por arte de magia las cifras de mujeres que siguen muriendo al dar a luz en condiciones insalubres, o por practicarse abortos clandestinos. Mucho menos fueron menos las mujeres desaparecidas, torturadas y asesinadas en el mundo.

Hoy parece que hemos ganado batallas, pero aún no es suficiente el camino andado pues la violencia de género, la trata, las dobles jornadas, los matrimonios forzados, los despidos injustificados, y un montón de cosas más las vemos a diario.

Así que el 8 de marzo no es un día para recibir flores, para eso hay otros 364 días en el año. Es una jornada para reflexionar acerca de los avances logrados, pedir más cambios y celebrar la valentía de aquellas mujeres que han jugado un papel clave en la historia de sus países y sus comunidades.

Cada año, la ONU propone un lema para esta conmemoración y este 2015 es: “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!” Pero ¿Qué significa empoderar? Pues es algo que podemos hacer cada día, partiendo en primer lugar de un trabajo interior en cada una de nosotras. Posteriormente, ese trabajo interno nos dará fuerza para exigir a quienes diseñan las políticas públicas que lo hagan con equidad. Empoderarnos es, en términos coloquiales, tomar las riendas de nuestra vida, tomar decisiones, exigir el acceso a la salud, a la educación, disfrutar de nuestra sexualidad, percibir un salario digno por nuestro trabajo y sobre todo, poder vivir seguras y tranquilas, en un mundo sin violencia feminicida ni discriminación.

El día que ya no sea necesario llenar de flores las tumbas de aquellas niñas que fueron arrebatadas a sus familias, de aquellas mujeres que fueron abusadas, de aquellas que alzaron la voz, tal vez ese día podamos recibir flores el 8 de marzo, mientras tanto, por favor no me regalen flores.

Un “casi bautizo” en El Vaticano

Ayer en El Vaticano fue canonizado Juan Pablo II, un papa viajero que fue muy cercano al pueblo de México, pero que también tiene detractores que le acusan de brindar protección a sacerdotes acusados de pederastía. Aún en medio de esta polémica, no hay que olvidar que hoy millones de personas tendrán la oportunidad de visitar uno de los recintos espirituales más importantes del mundo, en el que yo estuve una mañana de otoño, en 1998.

 

Por Elizabeth Palacios

 

La Basílica de San Pedro es imponente. Es el centro de la cristiandad mundial, la iglesia más grande del orbe y además es una magna obra arquitectónica. No importa si se es ateo, cristiano o de cualquier credo, si se tiene un corazón viajero, no se puede dejar pasar la oportunidad de visitar El Vaticano.

Eso fue lo que pensamos el padre de mi hijo y yo, cuando estuvimos dos semanas en Roma. Como ya les había contado, aquel no fue el mejor de mis viajes, en mucho porque allí el pequeño Jaime y yo nos contagiamos con el virus de la influenza.

Era 1998 y sólo como antecedente, debo contarles que mi pequeño hijo además tenía una bonita afición por vomitar. El más mínimo estímulo externo, o divino, le provocaba sacar la leche, la papilla o lo que fuera que estuviera en su pequeño estómago de 18 meses.

Cuando la influenza nos dejó en paz y la fiebre había cedido, decidimos que era momento de ir al Vaticano. Yo no estaba muy entusiasmada, para que fingir. En aquel entonces no había decidido si era creyente o no, pero ya tenía muchas dudas al respecto. Además, padecía claustrofobia así que ese entusiasmo de mi compañero por los museos vaticanos y la tumba de San Pedro me provocaba cierta angustia, pero pensaba en los frescos de Miguel Angel y sabía que debía ir.

 Al llegar a la Plaza de San Pedro y mirar de frente la imponente Basílica desde donde el entonces Papa Juan Pablo II se dirigía a los fieles, pensé que era algo que debía vivir y me animé un poco más. La primera impresión al entrar en la basílica es de inmensidad. Se trata de un enorme espacio, más de 15 mil m2, donde caben 60 mil personas.

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El espacio interior está dividido en tres naves separadas por grandes pilares (la nave central, la nave de la Epístola y la nave del Evangelio) y cuatro grandes elementos: la Girola, la Cúpula, el Presbiterio y el Altar Papal.

Sin duda lo más destacado es la cúpula ideada por Miguel Angel y terminada por Giacomo della Porta. Lo que más llamaba mi atención era la Capilla Sixtina, aunque sabía que las filas para ingresar serían épicas y temía que la espera con un bebé no fuera lo mejor de mi viaje, pero había que hacerlo.

Se trata de la más famosa del Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano. Se encuentra a la derecha de la Basílica de San Pedro y originalmente servía como capilla de la fortaleza vaticana. Conocida originalmente como Cappella Magna, toma su nombre del papa Sixto IV, quien ordenó su restauración entre 1473 y 1481. 

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Y ¡vaya que valió la pena! La espera que no fue amena pues aún me sentía débil pero la bóveda y El Juicio Final, los más famosos legados de Miguel Ángel me hicieron olvidarme de todo.

Al salir de allí, pasó lo que me temía, mi compañero dijo que no podíamos irnos sin visitar las grutas vaticanas. Un sacerdote nos escuchó hablar español y se acercó. Resultó ser un párroco de alguna diócesis de Jalisco que se sintió muy emocionado al encontrar compatriotas en medio de la multitud. Él se ofreció a guiarnos hacia el sepulcro y ayudarnos a ingresar. Mi compañero estaba encantado con su charla y su compañía, pero yo comenzaba a tener síntomas de claustrofobia. 

Lo cierto es que no podíamos declinar la invitación pues de otro modo no habríamos podido entrar. Resulta que por razones de conservación el ingreso está muy restringido, y hay que solicitarlo con antelación, lo cual por supuesto nosotros no habíamos hecho.

No se si tuvo que ver con que el cura nos iba explicando que estábamos justo en el lugar donde el Apostol San Pedro, considerado la primera cabeza de la Iglesia, murió martirizado y fue enterrado, o si era producto de mi fobia al encierro, pero conforme avanzábamos hacia las profundas grutas yo comenzaba a sentirme peor, por un momento creí que me iba a desmayar.

Tal vez lo que me abrumaba era la gente, la falta de aire, la luz tan baja o el sermón que aquel cura nos estaba recetando por no haber bautizado al pequeño Jaime, a pesar de ya tener 18 meses. De pronto y cuando creí que yo ya no podía más y buscaba con la mirada cuál sería la salida más próxima para vomitar, el bebé se me adelantó y, en brazos de su padre que lo cargaba junto al cura, devolvió todo el desayuno.

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Apenado, mi compañero le explicaba al sacerdote que nuestro hijo tenía por costumbre vomitar con frecuencia. El cura no escuchaba razones y culpaba a los demonios que no le habíamos quitado al negarle el sacramento del bautismo. Incluso, sugirió que volviéramos otro día, que nos ayudaría para bautizarlo ahí mismo, en el recinto más importante del mundo católico.

Yo lo único que quería era salir de ahí, antes de que alguien quisiera someter a mi bebé a un exorcismo o a mi, que ya sentía que también vomitaría y mi desayuno seguro sería mucho menos inocente y un poco mal visto por aquel cura compatriota.

Hoy hemos seguido el camino que nuestra conciencia nos ha marcado, y no nos llevará de vuelta al Vaticano pero de lo que estamos seguros es que si se es amante del arte y la belleza, al menos la Capilla Sixtina es una experiencia que se debe vivir, pero si tiene claustrofobia o niños pequeños, lleve bolsas de mareo en la pañalera.

Ah! y algo importante que hay que saber. El código de vestimenta es muy estricto: nada de hombros al aire, shorts o faldas cortas. Nosotros no supimos eso pero era otoño, así que el clima y el sentido común estuvieron de nuestro lado. No volvimos a llamar al sacerdote. 18 meses después, Jaime fue bautizado en Cuernavaca. Hoy, a sus 16 años, es ateo. Ya no vomita más.

 

NOTA DE LA AUTORA: La versión original de este texto fue publicada en el periódico La Unión de Morelos el domingo 27 de abril. Se permite la reproducción total o parcial del mismo siempre y cuando se cite como fuente original a dicho medio.

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Lisboa es una ciudad seductoramente mágica y particularmente lejana para la mente de muchos viajeros latinoamericanos que recorren por primera vez Europa. Nunca esta incluida en los planes diseñados por agentes de viajes que poco innovan y siguen pensando que ofrecer “conocer Europa en siete días” no es un engaño para sus incautos clientes.

 

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Por Elizabeth Palacios

Fotos: del baúl de los recuerdos de la autora.

 

Los portugueses tienen un verbo para su capital: lisboar. Con sus calles empedradas, su deliciosa comida del mar y su preciosa música de fado, esta ciudad tiene el poder de enamorar a quien la pisa. Es un destino exótico europeo, que no se parece a ninguna otra en el viejo continente, y que muchas personas deberían disfrutar más a menudo, estoy convencida de ello.

A mí me une un lazo especial con la capital portuguesa. En un mes de marzo, pero de 1995, el casi debutante grupo musical Madredeus lanzaba el que con el paso de los años sería su álbum más famoso: Ainda, que sirviera como banda sonora de una de las películas más emotivas y disfrutables para los cinéfilos de los años noventa, Historias de Lisboa, del genio alemán Win Wenders.

 

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Yo llegué a Lisboa tres años después de haber visto esa película, pero siempre he sentido la exploré desde antes, no sólo a través de las imágenes de Wenders, también de las letras que cantaba Teresa Salgueiro, vocalista de Madredeus, que emulaban las estrechas escaleras de las calles empinadas de Alfama, las palomas en la plaza de Rossio, los atardeceres en lo alto de la Torre de Belém y los veranos con vino y sardinas a la orilla del río más largo de la península ibérica, el Tajo.

Cuando llegue, yo quería conocer los bohemios bares de fado y embriagarme con su vino verde. Pero había un pequeño inconveniente… y literalmente era pequeño. Tenía un año y balbuceaba sin articular aún una palabra con claridad, mi hijo Jaime.

La Lisboa bohemia y romántica no entraba en mis planes pues no sólo viajaba con un bebe, sino que su padre, aunque estaba allí también, tenía mucho trabajo y no tenía tiempo de recorrer conmigo las calles que solíamos imaginar juntos cuando escuchábamos a Madredeus.

Allí estaba yo, a mis 24 años, en mi primer viaje a Europa, en un país que no se parecía ni remotamente a lo que yo sabía del viejo continente. Comida exótica que iba desde manjares del mar hasta guisos de gallina con una salsa hecha con su propia sangre, pasando por cangrejos gigantes que había que elegir mientras nadaban felices en una pecera.

El idioma era un caso aparte. Yo pensaba que era fácil, la gente me entendía al hablar español pero yo no podía comprender lo que ellos me decían en portugués y a todo esto le sumaba que mi acompañante permanente era un bebe de un año que no hablaba y llevaba semanas sin hacer las paces con la comida europea.

Veníamos de una estancia larga en Italia y España. Jaime no quería comer nada que no fuera su leche y las semillas molidas de amaranto, girasol y calabaza que llevé desde México, con el riesgo de que me detuviera alguna autoridad por tráfico de patrimonio natural endémico.

Así, mi primer contacto con Lisboa fue lo que podría patentar como “Portugal para niños”. El zoológico fue nuestro primer punto en la agenda y llegamos hasta allí en metro. Cabe aclarar que si hay una ciudad donde he tenido buenas experiencias en el transporte público fue en Lisboa, donde siempre recibí ayuda amable tanto para orientarme como para subir y bajar la carreola del bebé. 

 

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La decisión fue acertada, descubrí que el zoológico de Lisboa, ubicado a unos pasos del metro Sete Rios, es uno de los más antiguos de Europa y no sólo tiene 332 especies diferentes que admirar, sino que también tenía un muy buen espectáculo de delfines y leones marinos que bailaban al ritmo de “La Copa de la Vida”, el tema del mundial Francia 1998, que era el hit del momento y que por supuesto, Jaime aprendió a bailar y cantar en sus balbuceos.

Pero lo mejor del viaje sin duda fue nuestra visita a Mc Donalds. ¡¿Cómo?! Pues si, tal como lo leen. Cuando se viaja con poco dinero, yo trato de equilibrar y para poder deleitarme con manjares locales —que pueden ser muy caros—  de vez en cuando debo sacrificarme y comer en establecimientos de comida rápida.

Jaime y yo habíamos estado alimentando a las muchas palomas que sobrevuelan la Plaza de Rossio con maíz que venden los inmigrantes africanos. Las aves se habían postrado sobre el pequeño sin provocarle nada más que unas sonoras carcajadas que lo hicieron blanco de las fotografías de los turistas curiosos que lo veían con fascinación. Pero llegó para mí el momento del hambre y cruzamos hacia un Mc Donalds, que minutos más tarde se volvería parte de la historia de mi familia.

 

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Era especial, no sólo porque para darle el toque portugués tenían hamburguesas de pescado sin ser vigilia, sino porque cuando pedí mis papas una cayo en la carreola de Jaime, quien sin tardanza la metió en su boca con pocos dientes. Se la comió antes de que yo pudiera evitarlo. Lo siguiente fue mucho mejor que la música de Madredeus para mis oídos. Mi hijo señalo el logotipo del restaurante y dijo: “papash

 

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¡Su primera palabra después de meses de silencio!, hasta llegue a pensar que el esbozo de la palabra luna que había dicho tres meses atrás había sido una alucinación mía. Sí, Jaime no dijo mamá o papá como primera palabra, pero eso es tema de terapia para madres y no de esta columna. Así que ahí estaba la buena: ¡mi bebe no era mudo! Y así llegaría la mala… Desde entonces y durante el resto del viaje, él no podía pasar junto a un Mc Donalds sin gritar a todo pulmón… ¡¡Papash!!, así que su hambruna terminó, y con ella, mi experiencia gastronómica en Portugal… pero no se asusten, la comida portuguesa sí es una de las mejores que he comido, pero lo hice hasta cuatro años después en un segundo viaje, del que les hablaré en otra de mis andanzas en femenino.

 

NOTA DE LA AUTORA: La versión original de este texto fue publicada el domingo 23 de marzo de 2014 en el periódico La Unión de Morelos. Se permite la reproducción parcial y/o total de la presente versión, siempre y cuando se cite como fuente original a dicho medio.

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

Lisboa es una ciudad seductoramente mágica y particularmente lejana para la mente de muchos viajeros latinoamericanos que recorren por primera vez Europa. Nunca esta incluida en los planes diseñados por agentes de viajes que poco innovan y siguen pensando que ofrecer “conocer Europa en siete días” no es un engaño para sus incautos clientes.

 

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Por Elizabeth Palacios

Los portugueses tienen un verbo para su capital: lisboar. Y es que, con sus calles empedradas, su deliciosa comida del mar y su preciosa música de fado, esta ciudad tiene el poder de enamorar a quien la pisa.  Es un destino exótico europeo, no se parece a ninguna otra en el viejo continente, y muchas personas deberían disfrutar más a menudo, de eso estoy convencida.

A mí me une un lazo especial con la capital portuguesa. En un mes de marzo, pero de 1995, el casi debutante grupo musical Madredeus lanzaba el que con el paso de los años sería su álbum más famoso: Ainda, que sirviera como banda sonora de una de las películas más emotivas y disfrutables para los cinéfilos de los años noventa, Historias de Lisboa, del genio alemán Win Wenders.

Yo llegué a Lisboa tres años después de haber visto esa película, pero siempre he sentido la exploré desde antes, no sólo a través de las imágenes de Wenders, también de las letras que cantaba Teresa Salgueiro, vocalista de Madredeus, que emulaban las estrechas escaleras de las calles empinadas de Alfama, las palomas en la plaza de Rossio, los atardeceres en lo alto de la Torre de Belém y los veranos con vino y sardinas a la orilla del río más largo de la península ibérica, el Tajo.

Cuando llegué, quería conocer los bohemios bares de fado y embriagarme con su vino verde. Pero había un pequeño inconveniente… y literalmente era pequeño. Tenía un año y balbuceaba sin articular aún una palabra con claridad, mi hijo Jaime.

La Lisboa bohemia y romántica no entraba en mis planes pues no sólo viajaba con un bebe, sino que su padre, aunque estaba allí también, tenía mucho trabajo y no tenía tiempo de recorrer conmigo las calles que solíamos imaginar juntos cuando escuchábamos a Madredeus.

 

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Allí estaba yo, a mis 24 años, en mi primer viaje a Europa, en un país que no se parecía ni remotamente a lo que yo sabía del viejo continente. Comida exótica que iba desde manjares del mar hasta guisos de gallina con una salsa hecha con su propia sangre, pasando por cangrejos gigantes que había que elegir mientras nadaban felices en una pecera.

El idioma era un caso aparte. Yo pensaba que era fácil, la gente me entendía al hablar español pero yo no podía comprender lo que ellos me decían en portugués y a todo esto le sumaba que mi acompañante permanente era un bebe de un año que no hablaba y llevaba semanas sin hacer las paces con la comida europea.

Veníamos de una estancia larga en Italia y España. Jaime no quería comer nada que no fuera su leche y las semillas molidas de amaranto, girasol y calabaza que llevé desde México, con el riesgo de que me detuviera alguna autoridad por tráfico de patrimonio natural endémico.

Así, mi primer contacto con Lisboa fue lo que podría patentar como “Portugal para niños”. El zoológico fue nuestro primer punto en la agenda y llegamos hasta allí en metro. Cabe aclarar que si hay una ciudad donde he tenido buenas experiencias en el transporte público fue en Lisboa, donde siempre recibí ayuda amable tanto para orientarme como para subir y bajar la carreola del bebé. 

 

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La decisión fue acertada, descubrí que el zoológico de Lisboa, ubicado a unos pasos del metro Sete Rios, es uno de los más antiguos de Europa y no sólo tiene 332 especies diferentes que admirar, sino que también tenía un muy buen espectáculo de delfines y leones marinos que bailaban al ritmo de “La Copa de la Vida”, el tema del mundial Francia 1998, que era el hit del momento y que por supuesto, Jaime aprendió a bailar y cantar en sus balbuceos.

Pero lo mejor del viaje sin duda fue nuestra visita a Mc Donalds. ¡¿Cómo?! Pues si, tal como lo leen. Cuando se viaja con poco dinero, yo trato de equilibrar y para poder deleitarme con manjares locales —que pueden ser muy caros—  de vez en cuando debo sacrificarme y comer en establecimientos de comida rápida.

Jaime y yo habíamos estado alimentando a las muchas palomas que sobrevuelan la Plaza de Rossio con maíz que venden los inmigrantes africanos. Las aves se habían postrado sobre el pequeño sin provocarle nada más que unas sonoras carcajadas que lo hicieron blanco de las fotografías de los turistas curiosos que lo veían con fascinación. Pero llegó para mí el momento del hambre y cruzamos hacia un Mc Donalds, que minutos más tarde se volvería parte de la historia de mi familia.

 

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Era especial, no sólo porque para darle el toque portugués tenían hamburguesas de pescado sin ser vigilia, sino porque cuando pedí mis papas una cayo en la carreola de Jaime, quien sin tardanza la metió en su boca con pocos dientes. Se la comió antes de que yo pudiera evitarlo. Lo siguiente fue mucho mejor que la música de Madredeus para mis oídos. Mi hijo señalo el logotipo del restaurante y dijo: “papash

 

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¡Su primera palabra después de meses de silencio!, hasta llegue a pensar que el esbozo de la palabra luna que había dicho tres meses atrás había sido una alucinación mía. Sí, Jaime no dijo mamá o papá como primera palabra, pero eso es tema de terapia para madres y no de esta columna. Así que ahí estaba la buena: ¡mi bebe no era mudo! Y así llegaría la mala… Desde entonces y durante el resto del viaje, él no podía pasar junto a un Mc Donalds sin gritar a todo pulmón… ¡¡Papash!!, así que su hambruna terminó, y con ella, mi experiencia gastronómica en Portugal… pero no se asusten, la comida portuguesa sí es una de las mejores que he comido, pero lo hice hasta cuatro años después en un segundo viaje, del que les hablaré en otra de mis andanzas en femenino.

 

NOTA DE LA AUTORA: El texto original de esta entrada fue publicado el domingo 23 de marzo en las páginas del periódico La Unión de Morelos. Se permite la reproducción parcial y/o total del presente artículo siempre y cuando se cite a dicho medio como fuente original.