Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Lisboa es una ciudad seductoramente mágica y particularmente lejana para la mente de muchos viajeros latinoamericanos que recorren por primera vez Europa. Nunca esta incluida en los planes diseñados por agentes de viajes que poco innovan y siguen pensando que ofrecer “conocer Europa en siete días” no es un engaño para sus incautos clientes.

 

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Por Elizabeth Palacios

Fotos: del baúl de los recuerdos de la autora.

 

Los portugueses tienen un verbo para su capital: lisboar. Con sus calles empedradas, su deliciosa comida del mar y su preciosa música de fado, esta ciudad tiene el poder de enamorar a quien la pisa. Es un destino exótico europeo, que no se parece a ninguna otra en el viejo continente, y que muchas personas deberían disfrutar más a menudo, estoy convencida de ello.

A mí me une un lazo especial con la capital portuguesa. En un mes de marzo, pero de 1995, el casi debutante grupo musical Madredeus lanzaba el que con el paso de los años sería su álbum más famoso: Ainda, que sirviera como banda sonora de una de las películas más emotivas y disfrutables para los cinéfilos de los años noventa, Historias de Lisboa, del genio alemán Win Wenders.

 

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Yo llegué a Lisboa tres años después de haber visto esa película, pero siempre he sentido la exploré desde antes, no sólo a través de las imágenes de Wenders, también de las letras que cantaba Teresa Salgueiro, vocalista de Madredeus, que emulaban las estrechas escaleras de las calles empinadas de Alfama, las palomas en la plaza de Rossio, los atardeceres en lo alto de la Torre de Belém y los veranos con vino y sardinas a la orilla del río más largo de la península ibérica, el Tajo.

Cuando llegue, yo quería conocer los bohemios bares de fado y embriagarme con su vino verde. Pero había un pequeño inconveniente… y literalmente era pequeño. Tenía un año y balbuceaba sin articular aún una palabra con claridad, mi hijo Jaime.

La Lisboa bohemia y romántica no entraba en mis planes pues no sólo viajaba con un bebe, sino que su padre, aunque estaba allí también, tenía mucho trabajo y no tenía tiempo de recorrer conmigo las calles que solíamos imaginar juntos cuando escuchábamos a Madredeus.

Allí estaba yo, a mis 24 años, en mi primer viaje a Europa, en un país que no se parecía ni remotamente a lo que yo sabía del viejo continente. Comida exótica que iba desde manjares del mar hasta guisos de gallina con una salsa hecha con su propia sangre, pasando por cangrejos gigantes que había que elegir mientras nadaban felices en una pecera.

El idioma era un caso aparte. Yo pensaba que era fácil, la gente me entendía al hablar español pero yo no podía comprender lo que ellos me decían en portugués y a todo esto le sumaba que mi acompañante permanente era un bebe de un año que no hablaba y llevaba semanas sin hacer las paces con la comida europea.

Veníamos de una estancia larga en Italia y España. Jaime no quería comer nada que no fuera su leche y las semillas molidas de amaranto, girasol y calabaza que llevé desde México, con el riesgo de que me detuviera alguna autoridad por tráfico de patrimonio natural endémico.

Así, mi primer contacto con Lisboa fue lo que podría patentar como “Portugal para niños”. El zoológico fue nuestro primer punto en la agenda y llegamos hasta allí en metro. Cabe aclarar que si hay una ciudad donde he tenido buenas experiencias en el transporte público fue en Lisboa, donde siempre recibí ayuda amable tanto para orientarme como para subir y bajar la carreola del bebé. 

 

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La decisión fue acertada, descubrí que el zoológico de Lisboa, ubicado a unos pasos del metro Sete Rios, es uno de los más antiguos de Europa y no sólo tiene 332 especies diferentes que admirar, sino que también tenía un muy buen espectáculo de delfines y leones marinos que bailaban al ritmo de “La Copa de la Vida”, el tema del mundial Francia 1998, que era el hit del momento y que por supuesto, Jaime aprendió a bailar y cantar en sus balbuceos.

Pero lo mejor del viaje sin duda fue nuestra visita a Mc Donalds. ¡¿Cómo?! Pues si, tal como lo leen. Cuando se viaja con poco dinero, yo trato de equilibrar y para poder deleitarme con manjares locales —que pueden ser muy caros—  de vez en cuando debo sacrificarme y comer en establecimientos de comida rápida.

Jaime y yo habíamos estado alimentando a las muchas palomas que sobrevuelan la Plaza de Rossio con maíz que venden los inmigrantes africanos. Las aves se habían postrado sobre el pequeño sin provocarle nada más que unas sonoras carcajadas que lo hicieron blanco de las fotografías de los turistas curiosos que lo veían con fascinación. Pero llegó para mí el momento del hambre y cruzamos hacia un Mc Donalds, que minutos más tarde se volvería parte de la historia de mi familia.

 

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Era especial, no sólo porque para darle el toque portugués tenían hamburguesas de pescado sin ser vigilia, sino porque cuando pedí mis papas una cayo en la carreola de Jaime, quien sin tardanza la metió en su boca con pocos dientes. Se la comió antes de que yo pudiera evitarlo. Lo siguiente fue mucho mejor que la música de Madredeus para mis oídos. Mi hijo señalo el logotipo del restaurante y dijo: “papash

 

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¡Su primera palabra después de meses de silencio!, hasta llegue a pensar que el esbozo de la palabra luna que había dicho tres meses atrás había sido una alucinación mía. Sí, Jaime no dijo mamá o papá como primera palabra, pero eso es tema de terapia para madres y no de esta columna. Así que ahí estaba la buena: ¡mi bebe no era mudo! Y así llegaría la mala… Desde entonces y durante el resto del viaje, él no podía pasar junto a un Mc Donalds sin gritar a todo pulmón… ¡¡Papash!!, así que su hambruna terminó, y con ella, mi experiencia gastronómica en Portugal… pero no se asusten, la comida portuguesa sí es una de las mejores que he comido, pero lo hice hasta cuatro años después en un segundo viaje, del que les hablaré en otra de mis andanzas en femenino.

 

NOTA DE LA AUTORA: La versión original de este texto fue publicada el domingo 23 de marzo de 2014 en el periódico La Unión de Morelos. Se permite la reproducción parcial y/o total de la presente versión, siempre y cuando se cite como fuente original a dicho medio.

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Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

Lisboa es una ciudad seductoramente mágica y particularmente lejana para la mente de muchos viajeros latinoamericanos que recorren por primera vez Europa. Nunca esta incluida en los planes diseñados por agentes de viajes que poco innovan y siguen pensando que ofrecer “conocer Europa en siete días” no es un engaño para sus incautos clientes.

 

Entre Madredeus, Wenders y Ronald… el payaso

 

Por Elizabeth Palacios

Los portugueses tienen un verbo para su capital: lisboar. Y es que, con sus calles empedradas, su deliciosa comida del mar y su preciosa música de fado, esta ciudad tiene el poder de enamorar a quien la pisa.  Es un destino exótico europeo, no se parece a ninguna otra en el viejo continente, y muchas personas deberían disfrutar más a menudo, de eso estoy convencida.

A mí me une un lazo especial con la capital portuguesa. En un mes de marzo, pero de 1995, el casi debutante grupo musical Madredeus lanzaba el que con el paso de los años sería su álbum más famoso: Ainda, que sirviera como banda sonora de una de las películas más emotivas y disfrutables para los cinéfilos de los años noventa, Historias de Lisboa, del genio alemán Win Wenders.

Yo llegué a Lisboa tres años después de haber visto esa película, pero siempre he sentido la exploré desde antes, no sólo a través de las imágenes de Wenders, también de las letras que cantaba Teresa Salgueiro, vocalista de Madredeus, que emulaban las estrechas escaleras de las calles empinadas de Alfama, las palomas en la plaza de Rossio, los atardeceres en lo alto de la Torre de Belém y los veranos con vino y sardinas a la orilla del río más largo de la península ibérica, el Tajo.

Cuando llegué, quería conocer los bohemios bares de fado y embriagarme con su vino verde. Pero había un pequeño inconveniente… y literalmente era pequeño. Tenía un año y balbuceaba sin articular aún una palabra con claridad, mi hijo Jaime.

La Lisboa bohemia y romántica no entraba en mis planes pues no sólo viajaba con un bebe, sino que su padre, aunque estaba allí también, tenía mucho trabajo y no tenía tiempo de recorrer conmigo las calles que solíamos imaginar juntos cuando escuchábamos a Madredeus.

 

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Allí estaba yo, a mis 24 años, en mi primer viaje a Europa, en un país que no se parecía ni remotamente a lo que yo sabía del viejo continente. Comida exótica que iba desde manjares del mar hasta guisos de gallina con una salsa hecha con su propia sangre, pasando por cangrejos gigantes que había que elegir mientras nadaban felices en una pecera.

El idioma era un caso aparte. Yo pensaba que era fácil, la gente me entendía al hablar español pero yo no podía comprender lo que ellos me decían en portugués y a todo esto le sumaba que mi acompañante permanente era un bebe de un año que no hablaba y llevaba semanas sin hacer las paces con la comida europea.

Veníamos de una estancia larga en Italia y España. Jaime no quería comer nada que no fuera su leche y las semillas molidas de amaranto, girasol y calabaza que llevé desde México, con el riesgo de que me detuviera alguna autoridad por tráfico de patrimonio natural endémico.

Así, mi primer contacto con Lisboa fue lo que podría patentar como “Portugal para niños”. El zoológico fue nuestro primer punto en la agenda y llegamos hasta allí en metro. Cabe aclarar que si hay una ciudad donde he tenido buenas experiencias en el transporte público fue en Lisboa, donde siempre recibí ayuda amable tanto para orientarme como para subir y bajar la carreola del bebé. 

 

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La decisión fue acertada, descubrí que el zoológico de Lisboa, ubicado a unos pasos del metro Sete Rios, es uno de los más antiguos de Europa y no sólo tiene 332 especies diferentes que admirar, sino que también tenía un muy buen espectáculo de delfines y leones marinos que bailaban al ritmo de “La Copa de la Vida”, el tema del mundial Francia 1998, que era el hit del momento y que por supuesto, Jaime aprendió a bailar y cantar en sus balbuceos.

Pero lo mejor del viaje sin duda fue nuestra visita a Mc Donalds. ¡¿Cómo?! Pues si, tal como lo leen. Cuando se viaja con poco dinero, yo trato de equilibrar y para poder deleitarme con manjares locales —que pueden ser muy caros—  de vez en cuando debo sacrificarme y comer en establecimientos de comida rápida.

Jaime y yo habíamos estado alimentando a las muchas palomas que sobrevuelan la Plaza de Rossio con maíz que venden los inmigrantes africanos. Las aves se habían postrado sobre el pequeño sin provocarle nada más que unas sonoras carcajadas que lo hicieron blanco de las fotografías de los turistas curiosos que lo veían con fascinación. Pero llegó para mí el momento del hambre y cruzamos hacia un Mc Donalds, que minutos más tarde se volvería parte de la historia de mi familia.

 

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Era especial, no sólo porque para darle el toque portugués tenían hamburguesas de pescado sin ser vigilia, sino porque cuando pedí mis papas una cayo en la carreola de Jaime, quien sin tardanza la metió en su boca con pocos dientes. Se la comió antes de que yo pudiera evitarlo. Lo siguiente fue mucho mejor que la música de Madredeus para mis oídos. Mi hijo señalo el logotipo del restaurante y dijo: “papash

 

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¡Su primera palabra después de meses de silencio!, hasta llegue a pensar que el esbozo de la palabra luna que había dicho tres meses atrás había sido una alucinación mía. Sí, Jaime no dijo mamá o papá como primera palabra, pero eso es tema de terapia para madres y no de esta columna. Así que ahí estaba la buena: ¡mi bebe no era mudo! Y así llegaría la mala… Desde entonces y durante el resto del viaje, él no podía pasar junto a un Mc Donalds sin gritar a todo pulmón… ¡¡Papash!!, así que su hambruna terminó, y con ella, mi experiencia gastronómica en Portugal… pero no se asusten, la comida portuguesa sí es una de las mejores que he comido, pero lo hice hasta cuatro años después en un segundo viaje, del que les hablaré en otra de mis andanzas en femenino.

 

NOTA DE LA AUTORA: El texto original de esta entrada fue publicado el domingo 23 de marzo en las páginas del periódico La Unión de Morelos. Se permite la reproducción parcial y/o total del presente artículo siempre y cuando se cite a dicho medio como fuente original.