De verdad… ¿Quiero pan con lo mismo?

Cuando pienso en la fidelidad me provoca incomodidad. Pienso hoy que es un concepto sobrevalorado y muy desigual. Mientras que para los hombres la fidelidad puede ser algo opcional y casi negociable, para las mujeres parece ser un deber. Así está escrito en textos religiosos, dogmas, y hasta leyes, en muchas culturas, a lo largo de los siglos. Entonces, ¿ser fieles es nuestro destino?

Por Elizabeth Palacios

Ese nivel de imposición transformó a la fidelidad en un deber para las mujeres. Ni siquiera se cuestiona, mucho menos se reflexiona. Así, sentirse atraída por alguien que no es tu pareja lo primero que genera es una tremenda culpa.

Cuando yo confesé mi primera infidelidad, ni siquiera había sido infiel. Es decir, lo había sido con el pensamiento y sí, un poco con los besos robados y furtivos, pero no me había acostado con ese hombre que me había devuelto a la vida justo en el momento en el que me encontraba atrapada en la rutina de mi matrimonio. ¿Por qué no me había ido a la cama con él si me había revolucionado todo al conocerlo? Al principio creí que por amor a mi marido, hoy se que fue por culpa.

Una culpa absurda que me llevó a confesar algo que, en estricto sentido, ni siquiera había pasado. ¿Por qué decidí entonces hablar de ello con mi marido?, porque tenía miedo de lo que estaba sintiendo, de lo desconocido, del riesgo y de perder a mi familia. Porque sí, la infidelidad debería ser un asunto de pareja, pero se transforma en un asunto en el que los hijos suelen salir embarrados. Yo pensé que siendo honesta mi vida volvería a la rutina y la certeza, o sea, al aburrimiento seguro y confortable donde quizá me sentía miserable, pero nunca inmoral.

¡Nada más equivocado! Cuando le dije que estaba preocupada porque creía haberme enamorado platónicamente de alguien más, no hubo marcha atrás. No importaba que le jurara que se lo estaba contando para que encontráramos la solución, para que averiguáramos el motivo de mi carencia afectiva. De nada valió haberme aguantado las ganas de irme a la cama con aquel amor que me ponía a mil, de todos modos mi marido jamás creyó que mi amor hubiera sido platónico. Ahí me puse a pensar, ¿es que para los hombres la infidelidad sólo puede ser sexual? pero ¿no pueden creer en que en un enamoramiento platónico extra marital existen iguales o hasta más riesgos para la estabilidad de un matrimonio?

Lo cierto es que mi confesión sólo me trajo desdicha. La confianza se perdió y ningún intento de mi parte por recuperar la relación valió para nada. No había un sólo día en que él no me recriminara algo que en realidad nunca había ocurrido y como dicen, tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe, igual que se rompieron mis barreras morales.

Así conocí a la persona con la que protagonicé mi verdadera primera infidelidad. No me sentía bien por hacerlo, pero era adictivo. Lo prohibido suele ser lo más anhelado.

Hoy se que mi matrimonio estaba mal desde mucho antes de aquel enamoramiento platónico y que, al igual que la relación posterior que sí prosperó, esos resbalones no eran más que consecuencia de una carencia emocional y una rutina que no quería aceptar.

Aprendí que la fidelidad era una imposición social sobrevalorada, así que en mi siguiente relación intenté ser más tolerante y comunicativa con mi pareja. Los papeles se invirtieron. El infiel era él y, para que lo niego, sí me dolía. Pero tratando de ser racional y de aplicar el aprendizaje, intentamos una relación abierta. Tampoco funcionó, tras el primer encuentro sexual que de común acuerdo yo tuve con otra persona, mi pareja dijo no poder con eso de ser open mind y decidió volverse fiel, a cambio de que yo también regresara al redil. No me costó trabajo, yo quería estar con él. No sabía que las cosas cambiarían, que aunque se empeñara en ocultarlo, le carcomían los celos y su aparente compromiso sólo ocultaba un terrible miedo a ser engañado. La relación se fue a pique.

Desde entonces, hace ya siete años, soy soltera y aunque sigo pensando que la fidelidad es una imposición social, tengo claro que quiero y merezco a alguien que quiera estar sólo conmigo, que puedo comprometerme a estar sólo con una persona pero que si alguno se resbala, no pasa nada porque ¿de verdad quiero comer, hasta el fin de mis días, pan con lo mismo?… no lo se.

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No me regalen flores

Cada que se acerca el 8 de marzo me dan ganas de convertirme en Lisa Simpson y hacer una campaña similar a las que hacen los ecologistas que se encadenan a los árboles para impedir que los talen. Sí, pero yo me encadenaría a las puertas de florerías, chocolaterías y otras tienditas de detalles cursis que no se porque muchos hombres deciden enviar a las mujeres “que festejamos nuestro día”.

Peor aún, cada año tenía que explicar a mi propia familia porque no me gustaba que me pusieran mensajes lindos alabando a mi esencia femenina el 8 de marzo. Se limitaron a decir que soy una grinch y por fortuna eso me liberó de las cadenas de mensajes en redes sociales.

Por Elizabeth Palacios

No se trata de que desprecie mi naturaleza femenina, al contrario, me encanta y me siento muy orgullosa de haber nacido en un cuerpo de mujer. Me considero buena madre, amo a mis hijos y en pocas palabras, creo que ser mujer es genial. Pero es que el 8 de marzo no festejamos eso. Es más, no festejamos nada.

Se trata de una conmemoración, es decir, una fecha que invita a la reflexión en torno a los derechos de las mujeres, a las condiciones de inequidad que enfrentamos en la escuela, en la calle, en el trabajo y en nuestra propia casa. Y eso, ha acompañado a nuestro género durante generaciones y generaciones.

No se trata de un día para que los hombres “nos reconozcan” ni para que “nos agradezcan”. No es para que nos “feliciten” por ser suaves, entregadas, luchadoras, trabajadoras e inspirarlos desde el altar inmaculado de una madre abnegada o una mujer sumisa que logra sus metas a pesar de que el mundo se sigue negando a reconocer sus derechos. Y es que, queridas lectoras, la conmemoración del 8 de marzo es un asunto de derechos, no de flores.

Una de las primeras luchas vinculadas a esta conmemoración fue por nuestros derechos civiles, por algo que hoy tal vez ni se reflexiona: el derecho a elegir a nuestros gobernantes. Hoy parece que el voto es algo simple, y se ha depreciado tanto que hasta hay quienes lo venden por una despensa. Sin embargo es en realidad un derecho que hasta principios del siglo XX seguía siendo negado a las mujeres sólo por eso, por el hecho biológico de ser mujeres. Eso significaba que éramos consideradas ciudadanas de segunda clase. En medio de la exigencia del derecho al voto fue que a partir de una declaración del Partido Socialista de los Estados Unidos, el 28 de febrero de 1909 se celebró en ese país el primer Día de la Mujer. La conmemoración continuó cada último domingo de febrero hasta 1913.

Del otro lado del mundo, en 1910, la Internacional Socialista proclamó en Copenhague, la capital de Dinamarca, el Día de la Mujer ya con un carácter internacional, como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para ayudar a conseguir el voto femenino universal. En ese momento aún no se estableció una fecha fija para la celebración.

Un año después, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se celebraron mítines el 19 de marzo donde más de un millón de mujeres y hombres exigieron el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la educación y a la no discriminación laboral.

Pero lamentablemente, mientras en las calles europeas el movimiento comenzaba a tomar fuerza, Estados Unidos vivió una de las tragedias que finalmente marcó a esta conmemoración. El 25 de marzo de 1911, más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, murieron en el trágico incendio de la fábrica Triangle en Nueva York. Las condiciones laborales infrahumanas en las que estas mujeres se ganaban la vida destaparon la cloaca y a partir de allí hubo cambios significativos en las leyes laborales de los Estados Unidos y después de eso, los derechos laborales fueron el centro del  discurso de las conmemoraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer.

A pesar de que en los años siguientes el mundo vivió dos grandes guerras, donde las mujeres salvaron la vida de los soldados, cultivaron los campos, educaron a los niños y mantuvieron a flote al mundo que se empeñaban en hundir, ellas siguieron siendo consideradas ciudadanas de segunda.

Por supuesto, el sólo hecho de conmemorar un día internacional no cambió la vida de los millones de mujeres. No redujo por arte de magia las cifras de mujeres que siguen muriendo al dar a luz en condiciones insalubres, o por practicarse abortos clandestinos. Mucho menos fueron menos las mujeres desaparecidas, torturadas y asesinadas en el mundo.

Hoy parece que hemos ganado batallas, pero aún no es suficiente el camino andado pues la violencia de género, la trata, las dobles jornadas, los matrimonios forzados, los despidos injustificados, y un montón de cosas más las vemos a diario.

Así que el 8 de marzo no es un día para recibir flores, para eso hay otros 364 días en el año. Es una jornada para reflexionar acerca de los avances logrados, pedir más cambios y celebrar la valentía de aquellas mujeres que han jugado un papel clave en la historia de sus países y sus comunidades.

Cada año, la ONU propone un lema para esta conmemoración y este 2015 es: “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!” Pero ¿Qué significa empoderar? Pues es algo que podemos hacer cada día, partiendo en primer lugar de un trabajo interior en cada una de nosotras. Posteriormente, ese trabajo interno nos dará fuerza para exigir a quienes diseñan las políticas públicas que lo hagan con equidad. Empoderarnos es, en términos coloquiales, tomar las riendas de nuestra vida, tomar decisiones, exigir el acceso a la salud, a la educación, disfrutar de nuestra sexualidad, percibir un salario digno por nuestro trabajo y sobre todo, poder vivir seguras y tranquilas, en un mundo sin violencia feminicida ni discriminación.

El día que ya no sea necesario llenar de flores las tumbas de aquellas niñas que fueron arrebatadas a sus familias, de aquellas mujeres que fueron abusadas, de aquellas que alzaron la voz, tal vez ese día podamos recibir flores el 8 de marzo, mientras tanto, por favor no me regalen flores.