No me regalen flores

Cada que se acerca el 8 de marzo me dan ganas de convertirme en Lisa Simpson y hacer una campaña similar a las que hacen los ecologistas que se encadenan a los árboles para impedir que los talen. Sí, pero yo me encadenaría a las puertas de florerías, chocolaterías y otras tienditas de detalles cursis que no se porque muchos hombres deciden enviar a las mujeres “que festejamos nuestro día”.

Peor aún, cada año tenía que explicar a mi propia familia porque no me gustaba que me pusieran mensajes lindos alabando a mi esencia femenina el 8 de marzo. Se limitaron a decir que soy una grinch y por fortuna eso me liberó de las cadenas de mensajes en redes sociales.

Por Elizabeth Palacios

No se trata de que desprecie mi naturaleza femenina, al contrario, me encanta y me siento muy orgullosa de haber nacido en un cuerpo de mujer. Me considero buena madre, amo a mis hijos y en pocas palabras, creo que ser mujer es genial. Pero es que el 8 de marzo no festejamos eso. Es más, no festejamos nada.

Se trata de una conmemoración, es decir, una fecha que invita a la reflexión en torno a los derechos de las mujeres, a las condiciones de inequidad que enfrentamos en la escuela, en la calle, en el trabajo y en nuestra propia casa. Y eso, ha acompañado a nuestro género durante generaciones y generaciones.

No se trata de un día para que los hombres “nos reconozcan” ni para que “nos agradezcan”. No es para que nos “feliciten” por ser suaves, entregadas, luchadoras, trabajadoras e inspirarlos desde el altar inmaculado de una madre abnegada o una mujer sumisa que logra sus metas a pesar de que el mundo se sigue negando a reconocer sus derechos. Y es que, queridas lectoras, la conmemoración del 8 de marzo es un asunto de derechos, no de flores.

Una de las primeras luchas vinculadas a esta conmemoración fue por nuestros derechos civiles, por algo que hoy tal vez ni se reflexiona: el derecho a elegir a nuestros gobernantes. Hoy parece que el voto es algo simple, y se ha depreciado tanto que hasta hay quienes lo venden por una despensa. Sin embargo es en realidad un derecho que hasta principios del siglo XX seguía siendo negado a las mujeres sólo por eso, por el hecho biológico de ser mujeres. Eso significaba que éramos consideradas ciudadanas de segunda clase. En medio de la exigencia del derecho al voto fue que a partir de una declaración del Partido Socialista de los Estados Unidos, el 28 de febrero de 1909 se celebró en ese país el primer Día de la Mujer. La conmemoración continuó cada último domingo de febrero hasta 1913.

Del otro lado del mundo, en 1910, la Internacional Socialista proclamó en Copenhague, la capital de Dinamarca, el Día de la Mujer ya con un carácter internacional, como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para ayudar a conseguir el voto femenino universal. En ese momento aún no se estableció una fecha fija para la celebración.

Un año después, en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza se celebraron mítines el 19 de marzo donde más de un millón de mujeres y hombres exigieron el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la educación y a la no discriminación laboral.

Pero lamentablemente, mientras en las calles europeas el movimiento comenzaba a tomar fuerza, Estados Unidos vivió una de las tragedias que finalmente marcó a esta conmemoración. El 25 de marzo de 1911, más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, murieron en el trágico incendio de la fábrica Triangle en Nueva York. Las condiciones laborales infrahumanas en las que estas mujeres se ganaban la vida destaparon la cloaca y a partir de allí hubo cambios significativos en las leyes laborales de los Estados Unidos y después de eso, los derechos laborales fueron el centro del  discurso de las conmemoraciones posteriores del Día Internacional de la Mujer.

A pesar de que en los años siguientes el mundo vivió dos grandes guerras, donde las mujeres salvaron la vida de los soldados, cultivaron los campos, educaron a los niños y mantuvieron a flote al mundo que se empeñaban en hundir, ellas siguieron siendo consideradas ciudadanas de segunda.

Por supuesto, el sólo hecho de conmemorar un día internacional no cambió la vida de los millones de mujeres. No redujo por arte de magia las cifras de mujeres que siguen muriendo al dar a luz en condiciones insalubres, o por practicarse abortos clandestinos. Mucho menos fueron menos las mujeres desaparecidas, torturadas y asesinadas en el mundo.

Hoy parece que hemos ganado batallas, pero aún no es suficiente el camino andado pues la violencia de género, la trata, las dobles jornadas, los matrimonios forzados, los despidos injustificados, y un montón de cosas más las vemos a diario.

Así que el 8 de marzo no es un día para recibir flores, para eso hay otros 364 días en el año. Es una jornada para reflexionar acerca de los avances logrados, pedir más cambios y celebrar la valentía de aquellas mujeres que han jugado un papel clave en la historia de sus países y sus comunidades.

Cada año, la ONU propone un lema para esta conmemoración y este 2015 es: “Empoderando a las Mujeres, Empoderando a la Humanidad: ¡Imagínalo!” Pero ¿Qué significa empoderar? Pues es algo que podemos hacer cada día, partiendo en primer lugar de un trabajo interior en cada una de nosotras. Posteriormente, ese trabajo interno nos dará fuerza para exigir a quienes diseñan las políticas públicas que lo hagan con equidad. Empoderarnos es, en términos coloquiales, tomar las riendas de nuestra vida, tomar decisiones, exigir el acceso a la salud, a la educación, disfrutar de nuestra sexualidad, percibir un salario digno por nuestro trabajo y sobre todo, poder vivir seguras y tranquilas, en un mundo sin violencia feminicida ni discriminación.

El día que ya no sea necesario llenar de flores las tumbas de aquellas niñas que fueron arrebatadas a sus familias, de aquellas mujeres que fueron abusadas, de aquellas que alzaron la voz, tal vez ese día podamos recibir flores el 8 de marzo, mientras tanto, por favor no me regalen flores.

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