Música para Aliens

Columna invitada

(publicada en El Gráfico, 30/nov/2011)

Por Elizabeth Palacios

Canciones para Aliens

Foto: AP/Diario La Razón

Enero de 2012 es el mes que Fito Páez ha elegido para ofrecer su corazón. Pero esta vez no se trata meramente del título de una canción; hablamos de que literalmente lanza al espacio exterior el gabinete privado que alberga en su pecho, ligado estrictamente a su propia educación sentimental.

Rodeado de estudiantes universitarios, fieles a la vocación de escuchar las palabras de los cantautores, el músico y cineasta argentino presentó en la Sala de Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario su nuevo material discográfico “Música para Aliens”.

El nombre no es un invento gracioso y ocurrente del cantante argentino, no es una metáfora pues gracias a un convenio signado entre Sony Music y la Universidad Nacional Autónoma de México el material que Fito Páez seleccionó para esta grabación peculiar será enviado a través de ondas experimentales hacia el espacio exterior.

Una antena en la tierra que usará una señal experimental y que ha costado a Sony Music 15 mil dólares es el instrumento diseñado por el Departamento de Ingeniería en Telecomunicaciones de la UNAM que hará realidad una idea que surgió espontáneamente en la mente de Fito y de Leo Sujatovich, pianista y productor de este material.

Música para Aliens

Foto: Milenio.com

Al más puro estilo de “message in a bottle”, Fito decidió enviar a las galaxias vecinas una selección muy particular de música que, para él ,representa a este planeta. Sin pretender hacer antropología ni musicología, el músico y cineasta argentino se dedicó sólo a escuchar a su propio corazón para lograr no un disco de covers, sino un conjunto de verdaderas intervenciones en las que cada tema se lo fue apropiando.

Chico Buarque, Pablo Milanés, Ryuchi Sakamoto, Jacques Brel, Frederick Mercury y hasta Giusseppe Verdi podrán ser enviados al espacio gracias a esta idea que surgió como todas las que han incidido en el mundo: en un peculiar grupo de amigos creativos.

Acompañado por la Orquesta Sinfónica Juvenil Eduardo Mata, de reciente creación en la UNAM, Fito Páez interpretó algunas de las piezas que integran el material que ya está a disposición de los melómanos terrícolas y que en enero será lanzado al universo.

¿Cómo define Fito Páez a este sueño?… como muchos seguramente hemos definido varias de las obras de este músico argentino… como “un tratado de amor”… o más específica y amorosamente expresado:  “Un álbum que hizo un flaco que tiene unos amigos que tienen un radar y lo mandan pa’ fuera”.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Texto: Elizabeth Palacios

Fotos: Arturo Rodríguez Castillo

Cuando comencé a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. Él, junto con otros artistas e intelectuales defendían el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivía feliz.

Recuerdo lo que sentí al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendían los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando había que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier caminó y habló en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino y habló junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se puede vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de México porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

El México cotidiano

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivían, estudiaban, trabajaban, tenían familias, que eran parte de un país que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes mercan armas, de quienes negocian con drogas. Un país que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a María Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrían aunque quería evitarlo, alcancé a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderóin recibió hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conocí a los padres de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército justamente hace un año en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volví a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequeños, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejército calificó como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conocí a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el año pasado a perseguir la sangre que también en el DF se derrama.

Esto también es DF

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de María Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia sí, pero más de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir más que otros… Y seguía llorando porque me han robado mi país.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde María le regaló a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

 

 

 

 

Los Muertos

por: María Rivera

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Cuando comence a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. El, junto con otros artistas e intelectuales defendian el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivia feliz.

Recuerdo lo que senti al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendian los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando habia que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier camino en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se pueda vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de Mexico porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivian, estudiaban, trabajaban, tenian familias, que eran parte de un pais que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes venden armas, de quienes venden drogas. Un pais que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a Maria Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrian aunque queria evitarlo, alcance a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderon recibio hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conoci a los padres de Martin y Bryan, ninios asesinados por el ejercito justamente hace un anio en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volvi a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequenios, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejercito califico como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conoci a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el anio pasado a perseguir la sangre que tambien en el DF se derrama.

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de Maria Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia si, pero mas de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir mas que otros… Y seguia llorando porque me han robado mi pais.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde Maria le regalo a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

Los Muertos

María Rivera · · · · ·

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

El gélido y fétido aliento de la muerte

Por: Elizabeth Palacios*

Conocí a Javier Sicilia cuando la comunidad cultural de Cuernavaca me abrió sus brazos, una comunidad pequeña, amiga, solidaria, comprometida.

Escritor, analista, activista y poeta, pero sobre todo Javier ha sido siempre un hombre congruente, de firmes convicciones y principios intachables. Así, con esos valores y ejemplo de vida estoy segura que educó a Juan Francisco.

Por eso, porque lo sé de cierto, porque doy fe de que ante todo Javier es una buena persona, sostenido por la fe católica, la solidaridad, la ética y el pacifismo, por eso es que siento rabia cuando leo o escucho afirmaciones difamantes, tajantes, que pretenden manchar la memoria de su hijo.

Y se que, lamentablemente, Juan Francisco Sicilia no es el único joven que ha sido difamado en este paño sangriento en el que se ha convertido nuestro México.

Este dolor, esta rabia, la vi igualmente en los ojos del padre y la madre de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército en Tamaulipas.

Esta impotencia se ha reflejado en las protestas ciudadanas de amigos y familiares de los jóvenes estudiantes del Tec de Monterrey y en los jóvenes masacrados en Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez.

Pero la muerte de Juan Francisco me afectó de una manera distinta. Porque el dolor de mi amigo y maestro lo he sentido como propio. Porque me hizo sentir el gélido y fétido aliento de la muerte en la nuca, como si me estuviera diciendo al oído: “Estoy cerca… cada vez más cerca”.

No hablar de la muerte, no informar de la injusticia, no gritar para que acabe la impunidad no va a cambiar la realidad, o quizá si… La va a empeorar hasta que ese hedor y ese frío termine por trastocarnos, en lo más íntimo y lo más cercano, a todos, a todas.

Desde ayer que supe que Javier se encontraba fuera del país al momento del triste hallazgo del cuerpo de su hijo Juan Francisco no he podido dejar de pensar en su dolor. Javier ha estado viajando por muchas horas… ¿Que estará pensando? ¿Cómo lo estará viviendo?

Desde aquí le envío un mensaje de solidaridad y comparto sinceramente su profundo dolor. Sé que será su fe, su enorme fe en Dios que nunca negó ni le impidió ser un luchador social de izquierda, lo que lo mantendrá en pie, pero me duele pensar en este crimen atroz, sobretodo porque es en estos momentos que uno acepta que no se está nunca preparado para tanta muerte.

*Elizabeth Palacios es periodista y obtuvo el Premio Estatal de Periodismo 2005 en Morelos.

**Este texto fue publicado originalmente en http://www.pateandopiedras.com

 

Y a todo esto… que es la justicia?

Mi padre dice que mi abuela tiene 90 años… Yo creo que son 95… Al ingresar al hospital la enfermera anotó 105… En fin… Ha vivido mucho ya. Ella, sin duda tuvo una vida difícil. Rompiendo esquemas, haciendo lo que quería, siendo la encarnación pura de lo que en México conocemos como “una cabrona”.

Desde niña la considere una mujer fuerte, adelantada a su tiempo, que en medio de su analfabetismo y la falta de oportunidades supo ser independiente y vivir como mejor lo considero, no era la figura de la “buena madre”, ni la abuela que cuenta cuentos, mucho menos una mujer recatada. Pero nunca me he creído nadie para juzgarla.

Hoy mi abuela esta frente a mi, con el rostro desfigurado, morado de tantos golpes, con la piel arrugada y lastimada, con los ojos cerrados y ciegos -tal vez para siempre-. Fue víctima de algo mas que un asalto.

Mi abuela fue golpeada y violentada de una forma sádica e inhumana. El motivo? Hasta ahora solo parece un robo, un simple robo de no mas de mil pesos que estuvieron a punto de convertir en asesino a quien cometió semejante acto de crueldad.

Verla así, destruida, desorientada, sufriendo, quejándose, me lleva a pensar que tengo mucho tiempo luchando, escribiendo, marchando, alzando la voz, protestando y creyendo que busco algo que quiero que exista pero no se que es. Y es que a todo esto… Que demonios es la justicia?

Mi padre esta enfermo, cansado. Mi hermano esta desgastado, preocupado, estresado. Mis hijos están asustados, desconcertados, al cuidado de amigos cercanos. Yo estoy triste, asqueada de un mundo donde alguien pueda querer matar a golpes a una anciana indefensa por unos cuantos pesos. Todos estamos enojados y el sentimiento de impotencia se ha vuelto un común denominador entre nosotros.

La policía dice que atrapo al culpable, nos habla de un menor de edad, borracho, violento y los agentes pretenden hacer surgir nuestros mas primitivos instintos alentándonos a odiarle.

Pero yo no puedo odiar a un chico que fue detenido fuera de toda norma, por unos policías “de investigación” que yo misma vi contaminando la escena del crimen, sin ningún respeto ni intención de encontrar al verdadero culpable.

No puedo odiar a un niño que ha crecido en un pueblo miserable, que no tiene mas opción que buscar satisfactores inmediatos y no pensar en las consecuencias de ninguno de sus actos.

Y no es que no quisiera odiarlo, quizá el odio seria visto como una reacción “normal”, el odio tal vez seria mas fácil de llevar en el corazón que la impotencia y la tristeza que ahora siento. Pero es que no puedo.

Y es que no creo que eso sea la justicia. Encarcelar a un adolescente que confiesa un crimen mediante métodos coercitivos, incluso antes de que los peritos hayan concluido las mínimas pruebas para inculparlo no puede ser justicia. Esa no es la justicia por la que yo he luchado con tanta convicción.

Y ahora entiendo porque mucha gente acusa a las personas que defendemos derechos humanos de ser “defensores de delincuentes”. Pero hoy, ni siquiera por vivir esta experiencia puedo sentir ” tranquilidad” por haber recibido esa mal llamada “justicia”.

Este suceso cambiara la vida de mi familia en muchos aspectos. Afecta la salud de mi padre y de mi hermano. La cárcel para el presunto responsable no cambiará el hecho de que mi abuela no volverá a ver la luz del sol, no le quitará las secuelas permanentes, no le devolverá la tranquilidad a mi padre ni a mi hermano. La cárcel no nos quitará el miedo ni le devolverá a mi abuela la salud y la dignidad.

Que es entonces la justicia? La cárcel para un joven de 17 años no le devolverá las oportunidades que la pobreza y la marginación le negaron de facto. La cárcel sera, por el contrario, la única opción educativa que tendrá para graduarse de lo que hoy, a pesar de la violencia y la brutalidad de esta acción, no es: un criminal profesional.

Y mi abuela? Ella solo sera una estadística mas, una mujer golpeada, violentada, ultrajada e ignorada por un sistema que, como yo ahora, desconoce el significado real de la palabra justicia.

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Nuevo manual para periodistas en México

El próximo lunes 29 de noviembre, a las 5:00 pm (tiempo de la ciudad de México) se estará presentando el Manual para la autoprotección de periodistas, un esfuerzo  importante realizado por el periodista y amigo Andrés Solís.

 

La cita para esta presentación es en el edificio sede de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal ubicado en Av. Universidad 1449, col. Florida, del. Álvaro Obregón, México, D.F. (estación del metro Viveros/derechos humanos)

Darío Fritz, colega experimentado en temas de seguridad publicó hace unos minutos en su blog acerca de esta presentación, les comparto el link:

Nuevo manual para periodistas en México.

Texto dedicado a un migrante no identificado (asesinado en San Fernando)

 

La Declaración Universal de Derechos Humanos proclama que todos los seres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y que toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en ella, sin distinción de ningún tipo, en particular de raza, color u origen nacional. Nada más alejado de lo que encontró un migrante centroamericano que, al pasar por México, perdió la vida en una de las masacres más terribles que haya registrado la historia reciente de México. Fue uno de los setenta y dos migrantes cuya ausencia hoy lloramos.


Este hombre, uno de los treinta cuyo nombre aún no conocemos, presuntamente murió a manos de grupos de la delincuencia organizada que usan la extorsión, el robo y el secuestro de migrantes para engrosar sus ejércitos de la muerte.¿Es eso responsabilidad del Estado mexicano? Sí, contundente y definitivamente sí lo es.

Los derechos que son relevantes para los migrantes surgen a partir del derecho internacional sobre derechos humanos, del derecho sobre trabajadores migrantes, y del derecho humanitario. Pero todas las personas migrantes son seres humanos que poseen derechos humanos y libertades fundamentales e inalienables que son universalmente reconocidas en instrumentos internacionales como la Declaración Universal sobre Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, de la cual por supuesto México es signatario.

Mientras que algunos derechos humanos y libertades no son absolutos y pueden, en ciertas circunstancias limitadas, ser derogados, los derechos humanos fundamentales y las libertades nunca pueden ser suspendidos, por ejemplo, el derecho a la vida, y la libertad de la tortura. La masacre de San Fernando, en Tamaulipas ha demostrado que en México esta garantía no existe.

 

Hasta antes de hacerse pública la matanza de San Fernando, para las autoridades y la mayoría de los medios de comunicación, los inmigrantes eran personas “ilegales”. La utilización de este término conduce a decir que los seres humanos en sí mismos son ilegales. Este calificativo demuestra una tendencia a la criminalización de la migración, haciendo pasar al migrante que entra en un territorio nacional sin sus papeles en regla, por un delincuente.

En México son numerosas las detenciones de migrantes por miembros de cuerpos sin facultad legal de hacerlas. El objetivo principal de estas detenciones es la extorsión, acompañada muchas veces por violencia, amenazas, agresiones sexuales y en los últimos años se han incrementado las historias de secuestro y muerte. Todo esto ocurre a lo largo del trayecto que recorren las y los migrantes centroamericanos por México, y todo pasa en medio de una situación de total impunidad y, muchas veces, complicidad de agentes del Estado mexicano. En 2008 la Federación Internacional de Derechos Humanos y el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos visitaron juzgados y centros de defensa de los derechos humanos en nuestro país, y no encontraron un solo caso de condena judicial por los abusos contra las personas migrantes.

La matanza de San Fernando no ha sido más que la punta del iceberg. Las violaciones y abusos contra de los derechos de las personas migrantes en México han sido una realidad quizá incluso peor que la que las personas migrantes mexicanas viven en los Estados Unidos. Por ejemplo, en Arriaga, Chiapas cuando tratan de montarse en el tren que los lleva hacia la frontera con Estados Unidos, la empresa de ferrocarril contrata “garroteros”, es decir personal de seguridad que colabora con las fuerzas policiales para interceptar, golpear y detener a las personas indocumentadas. En el famoso operativo llamado “Relámpago” han fallecido muchas personas migrantes. Nadie ha sido castigado por estos crímenes. La terrible masacre de San Fernando dejó al desnudo la incoherencia del gobierno mexicano, que exige a los Estados Unidos un trato humanitario para su gente y al mismo tiempo violenta sistemáticamente los derechos humanos de los migrantes centroamericanos.

Y en algo que podría considerarse el colmo de todas las violaciones a los derechos humanos nos encontramos las irregularidades y deficiencias que hacen que hoy, este texto, esté dedicado a un migrante desconocido. Él no era un desconocido, tenía una historia, un rostro, una familia, una vida. El Estado mexicano además de no haberle garantizado su derecho a la seguridad, a no ser víctima de tortura y tratos crueles, inhumanos y degradantes, tampoco ha sido capaz de garantizar su derecho a la identidad, nombre y nacionalidad. Cuando alguien muere la ley obliga a las autoridades a comunicar al consulado para la entrega del cuerpo, pero muchas veces las autoridades se deshacen de los documentos para evitarse los trámites burocráticos y los fallecidos son clasificados como NN (no identificados). Todos estos cuerpos son enterrados en fosas comunes. En el cementerio de Tapachula, Chiapas, por ejemplo, esta fosa común está debajo de un basurero. No informar a los familiares sobre donde está enterrada una persona, constituye una violación del artículo 7 del Pacto de los Derechos Civiles y Políticos y puede ser clasificado como tortura. ¿Cuántos casos así habrá en México?

Pareciera que las autoridades mexicanas hubiesen sido “sorprendidas” por la matanza de San Fernando, pero no fue así. En el marco de una audiencia pública del 138 periodo de sesiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) efectuada el día 22 de marzo de 2010 en la ciudad de Washington DC, Estados Unidos de América, organizaciones de la sociedad civil denunciaron el secuestro sistemático y generalizado a personas migrantes en México, cometido por el crimen organizado con la complicidad de autoridades como producto de una política migratoria restrictiva y con escasa perspectiva de derechos humanos.

Al recibir la información, Felipe González, Presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Relator para los Trabajadores Migrantes y sus Familias, señaló que la cifra presentada por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, de 9,758 personas migrantes secuestradas en un lapso de seis meses era escalofriante y, sí, realmente lo es.

Así, la CIDH señaló que el Estado mexicano debía redoblar esfuerzos para prevenir que esta situación se continuara reproduciendo. Nada hicieron, pasaron los meses y así llegó el 23 de agosto de 2010, un día que sacudió al mundo cuando salieron a la luz los horrores que ha permitido un Estado que se jacta de ser promotor y protector de los derechos humanos.

Tres semanas después de que el mundo conociera la tragedia de San Fernando, el Congreso de la Unión aprobó una reforma legal por la que se permitirá a los migrantes indocumentados presentar quejas por violaciones a sus derechos humanos en México y les da garantías para recibir atención médica sin que sea revelada su situación migratoria. Nada más vergonzoso. ¿Por qué no habían hecho este trabajo antes? Era simplemente una modificación a la Ley General de Población, una reforma que quizá en algo habría ayudado para evitar la masacre.

La reforma establece que “no se podrá negar o restringir a los extranjeros que lo requieran, cualquiera que sea su situación migratoria, la atención de quejas en materia de derechos humanos y la procuración de justicia en todos los niveles, siempre y cuando cumplan con los requisitos establecidos en las disposiciones legales aplicables”. Pero ¿es que acaso no eran suficientes los tratados internacionales firmados por México? Antes de la modificación, la ley sólo señalaba que los extranjeros podían realizar trámites siempre y cuando comprobaran su estancia legal en el país. Eso era ya una violación al derecho internacional de los derechos humanos. Una entre muchas violaciones que México comete día con día.

 

Publicación original: http://www.72migrantes.com/migranteSolo.php?id=58

 

Un humilde homenaje a la memoria de los bebes de la #GuarderíaABC

El pasado 31 de octubre algunas periodistas participamos, como muchos otros ciudadanos, en una ofrenda montada en honor a la memoria de los bebés fallecidos en aquel trágico incendio del 5 de junio de 2009 en la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora. Esta ofrenda fue colocada en las escalinatas del Ángel de la Independencia, en la ciudad de México.

Algunas personas llevaron flores, otras velas, juguetes y dulces para recordar a estos pequeños pero nosotras somos periodistas así que pensamos ¿qué mejor regalo podemos dar que nuestras más sentidas palabras? Así, Elia Baltazar, Lydiette Carrión y yo tomamos la palabra para gritar nuestra rabia, nuestra indignación, para pedir perdón por la indiferencia que los medios y los periodistas hemos tenido ante esta tragedia. Alzamos la voz y lanzamos las palabras al viento porque éstas son nuestras armas y nunca, nunca las vamos a dejar de usar.

 

Calaverita para un México sangrante

Nunca me había gustado hacer “calaveritas” (versos tradicionales que en México se hacen para mofarse de la muerte) pero en mi oficina hicieron un concurso interno y había palabras, pensamientos, frases que querían ver la luz en medio de tanta muerte… este fue el resultado…. ah! y ganó el primer lugar:

 

 

Muy triste vagaba la catrina

su alma en pena no callaba

pues en México la sangre

llenaba un río que no cesaba

 

-¿Pero no era eso lo que tú querías?

Preguntó un ángel a la Parca

la mirada levantó la flaca

y dijo: ¡no digas tonterías!

 

Y agregó: Yo me llevo a mi reino las almas

cuando han cumplido su misión

cuando de volar tanto sus alas

se les ha cansado el corazón”

 

En esta tierra yo no elijo

dijo la parca muy acongojada

porque ya decidió un canijo

que aquí “¡la vida no vale nada!”