Crónica no oficial de una periodista mexicana en París

Mientras desayuno-como (los horarios de mi estomago son una locura) en un típico café parisino, muy cerca de Le Peletier, recuerdo la última película francesa que vi. Ni siquiera me acuerdo del título, sólo se que la protagonista era una Juliette Binonche madura y siempre hermosa.

Binonche interpreto en esa cinta… Ellas, ya lo recordé, se llamaba simplemente Ellas…. A una periodista que hacia reportajes freelance para la revista Elle.

Y por que comienzo esta crónica justo con ese recuerdo? Porque este viaje me ha dado una certeza: puedo ser periodista, libre, en cualquier lugar del mundo. Y no importa en que idioma se escriba o en que idioma se entreviste… Porque la pasión es un lenguaje universal.

Y para buscar historias hace falta pasión. Para que la gente te cuente las historias se debe compartir esa pasión. En París, muchas personas han querido hablar conmigo y estoy convencida de que además de mi iPad, iPod y todos los elementos que le debo a Steve Jobs, tres herramientas han sido fundamentales para el éxito de estas historias: la intuición (he seguido mi instinto, no mi agenda), la humildad con certeza (no hablo tu idioma pero estoy segura de que me interesa lo que me tengas que decir) y la sonrisa (a ver, quien te cierra la puerta si siempre sonríes?).

Yo no se si a otros periodistas les funcione impresionar a sus fuentes con toooodo lo que saben del tema. Yo no hago eso. Para mi es importante que mis fuentes sepan todo lo que se, y lo que quiero saber, de ellos. Pero me es fundamental que sepan que yo soy una humilde ignorante de la materia que ellos dominan.

En París, las personas han cambiado sus agendas, conseguido traductores, buscado mi foto en Facebook para encontrarme en algún punto, todo para que las entrevistas fueran un éxito. No lo hicieron porque me haya ganado grandes premios de periodismo, ni porque haya publicado cientos de lo libros. Lo hicieron porque tenía un interés honesto es conocer sus historias.

La fórmula funciona lo mismo para importantes hombres o mujeres de negocios, que para equipos creativos o para vecinos que serán desalojados del barrio donde son propietarios de un negocio exitoso.

Ayer me dijeron que “era muy difícil escribir en francés” y lo agradezco porque hoy entendí que mi trabajo no es escribir, mi trabajo es encontrar las historias y eso lo puedo hacer en el único idioma que debe tener una historia para ser leída: la pasión con la que es contada.

Así, mientras como un steak casi crudo acompañado de una salsa de mostaza que no me agrada y unas papas a la francesa que por supuesto aquí no se llaman así, sino simplemente papas fritas (porque a las tipo sabritas las llaman chips), arropada por el sueter mas delicioso de mi vida que compre por tres euros en el metro, lo que veo es una ciudad nublada y fría que me gusta, que me acoge, que me cuenta historias.

Lo que veo a través de las ventanas de este bar parisino, son mis ganas de ser, permanentemente, una periodista libre que busca historias en París… O en cualquier lado.

20 años tras la democracia; una crónica autobiográfica

 

Para Jaime, mi orgullo.

Para Lyd y Vane, con quienes somos mucho más que tres.

La noche previa a las elecciones podría ser descrita con una sola palabra: ansiedad. Reunidas en mi habitación, tal como lo habríamos hecho si tuviéramos 15 años, estábamos tres periodistas. Mujeres, apasionadas, entusiastas y necias, sobre todo, muy necias.

Y tal como lo habrían hecho tres adolescentes en una pijamada, nosotras hablamos de amor. Hablamos de ese amor que nos hace necias, el amor que tenemos por un país que seguimos sin comprender pero que nos empeñamos en defender. Hablamos de nuestras preocupaciones ciudadanas, con ojos de periodistas. De nuestras preocupaciones periodísticas con ojos ciudadanos. De nuestras preocupaciones femeninas y de nuestras ganas de ser parte de un cambio que este país nos debe desde que nos hicimos adultas.

***

La mañana del 2 de julio podia definirse con una sola palabra: entusiasmo. Levantarse temprano, vencer la pereza del domingo, abrigarse para salir y enfrentar la mañana lluviosa. Entusiasmo ciudadano por ir a ejercer el derecho al voto, entusiasmo por sentir que uno camina por la calle armado, armado de un marcador de cera o de tinta indeleble que empuñábamos dispuestos a luchar contra un lápiz rosa semiborrable.

Entusiasmo de periodista que quiere escuchar, ver, oler, vivir la jornada electoral. Periodista que quiere cazar historias y contarlas… y vivirlas, pero que decidió ese día ser simplemente ciudadana, una ciudadana que quiere votar.

Hacia el medio día el entusiasmo se transformó en euforia, ansiedad, estrés. La locura multimedia que me tuvo con un ojo en la televisión, otro en los dispositivos móviles y las redes sociales mientras los oídos estaban siguiendo las voces de quienes desde la radio trataban de explicar un país que muchas veces, las más, es inexplicable.

A las seis de la tarde había que volver a andar la calle, pero el arma era distinta. Ahora el arma era una cámara y un dispositivo con acceso a internet. La misión era fotografiar las sábanas que en cada casilla se pegarían para informar del conteo inmediato de los votos ciudadanos.

Vigilar, fotografiar, recorrer, defender. Hombres y mujeres, de todas las edades, familias enteras vi caminando entre charcos, con sombrillas y chamarras para aguardar y resguardar los resultados electorales. Una hora… dos… tres… la gente seguía. Algunos nos íbamos y volvíamos, y platicábamos y nos hacíamos uno.

Hacia las 10 de la noche, las 22 personas que queríamos lo mismo, una foto de nuestros votos, ya éramos como una familia ciudadana. Ya habíamos intercambiado teléfonos, direcciones, anécdotas y esperanzas. Una mujer me contó que estaba allí pues “su hijo estaba vivo gracias a Andrés Manuel”. Ella sonreía convencida de que aquel hombre, que esa noche cargaba sobre sus hombros las esperanzas de muchos mexicanos, había salvado la vida de su hijo, enfermo de reflujo, al haberla escuchado, al haberla recibido en su oficina cuando era jefe de gobierno de la Ciudad de México y al haber dado instrucciones para que se le otorgara apoyo para la compra de un aparato que el niño, que hoy es un adolescente, necesitaba para poder respirar.

Agradecimiento y convencimiento, me dijo la mujer al preguntarle el motivo de su presencia bajo la lluvia, afuera de la casilla, cuidando los votos. Ella era la única entre los 22 presentes que no era vecina de aquella clasemediera colonia Roma Norte. Su familia la esperaba en la Obrera, un barrio popular donde el candidato de las izquierdas tiene un amplio número de seguidores.

El resto de las personas me eran familiares. Eran los mismos vecinos con los que había conversado alguna vez mientras paseábamos a los perros en el parque o en la fila para comprar las tortillas. Las mismas personas que aún en esta gran ciudad todavía te dicen buenos días al encontrarte en la tienda de la esquina o en el puestos de jugos. Las mismas con las que he desayunado alguna vez barbacoa algún domingo, sin haberles prestado mayor atención que el cordial saludo vecinal.

Pero el ser vecinos tomaba una dimensión distinta aquella noche. Nos hacía sentir seguros, en bloque, unidos bajo la lluvia con un mismo objetivo: defender nuestro voto.

Los funcionarios de casilla seguían contando los votos. Yo había ido y venido a mi casa cinco veces. Seguíamos esperando, tomando turnos, checando las redes sociales, charlando pero cada vez más nerviosos. El Instituto Federal Electoral había comenzado a dar resultados del PREP. No había duda, todos los que estábamos ahí habíamos votado por las izquierdas… y como en toda contienda, queríamos ganar. Unos eran abiertamente militantes de alguno de los partidos que postularon a Andrés Manuel como candidato, otros no lo éramos, pero para entonces eso no importaba.

A las once de la noche volví a casa, cansada, mojada, con frío y, sobre todo, muy preocupada. Quería escuchar el mensaje del IFE que daría a conocer los resultados preliminares del conteo rápido.

Vino la decepción, así, de pronto, sin que nadie la invitara. Luego, al escuchar el mensaje del actual presidente de México aplaudiendo a un candidato proclamado ganador mucho antes de que la ley siquiera pudiera darle legitimidad alguna, la decepción se convirtió en rabia. Ese hombre pequeño que jamás me representó estaba levantando el puño de otro que no era el que mis vecinos y yo habíamos apoyado esa noche bajo la lluvia.

La rabia me dio fuerza y le abrió la puerta a la desconfianza. Me volví a abrigar y salí ahora armada con mi ipad y mi teléfono. Cuando llegué estaban pegando por fin la sábana, y los vecinos, tan tristes y enojados como yo, disparaban sin misericordia con sus armas… sus cámaras, sus teléfonos, sus ipads, iphones. Librábamos nuestra propia batalla por la democracia, allí, en confianza, en cercanía, en vecindad. Pero la tristeza se nos salía por los ojos. Andrés Manuel López Obrador había salido a decir “no todo está dicho, esperaremos a los resultados oficiales y usaremos las vías legales para impugnar cualquier irregularidad” y eso nos ayudó para despedirnos con una sonrisa. Algunos se dirigían a la casa de campaña del candidato, otros al zócalo, otros, como yo, a casa, a refugiarnos entre los brazos de los nuestros, a abrazar a esa familia que hoy más que nunca tenemos que cuidar.

Imagen

***

Ni podía comer, ni podía dormir. No estaba enojada, estaba triste… profundamente triste. Me sentí cansada, me sentí una anciana de 38 años. Envuelta en una vejez prematura por el desgaste que me han dejado 20 años de cuidar la democracia.

En 1994 fui testigo del levantamiento armado protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Tres meses más tarde, mientras estaba en clases de historia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM me enteré del asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI, el partido en el poder desde que tenía uso de razón, a la presidencia de la república. Yo no iba a votar por él. Estaba convencida de dar mi voto a Cuauhtémoc Cárdenas, representante de la izquierda, y así lo hice. Sin embargo tuve miedo, como muchos de los mexicanos que conozco que vivieron lo ocurrido aquel 23 de marzo. Yo apenas iba a cumplir 20 años y votaría por primera vez.

Seis años después viví la transición, el cambio del partido en el poder, el inicio del nuevo milenio y con él, una nueva era para la democracia en México… o eso queríamos creer. Veía la vida diferente, tenía un hijo de tres años que me impulsaba a votar de forma razonada… lo volví a hacer por Cuauhtémoc Cárdenas, quien contendía por tercera ocasión por la presidencia.

Yo vivía en el estado de Morelos donde el gobernador priísta había sido vinculado a una banda de secuestradores que tenía al centro del país asolado. Urgía quitar el poder al PRI y allí mi voto y mi confianza se la entregué a Sergio Estrada Cajigal, candidato del PAN al gobierno del estado.

Comenzó otro sexenio con una alternancia en el poder y el triunfo de Vicente Fox, un presidente de derecha por el que yo no había votado… otra vez. Pero confiaba en el gobernador. Él también me falló, como le falló a todos los morelenses. Nueve años más tarde, el sonado asesinato del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva fue el sangriento colofón de una serie de irregularidades documentadas y publicadas por diversos medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil que vinculaban a Sergio Estrada y a su gente cercana con el cártel que encabezaba aquel hombre.

En 2006 Andrés Manuel López Obrador me devolvió la esperanza. Tras una gestión notable al frente del gobierno de la ciudad de México, el candidato de la izquierda fue la esperanza para muchos, y se que éramos muchos porque estuve en medio de varias multitudes aplastantes durante la campaña presidencial… pero de nuevo vino la decepción, esta vez de las instituciones electorales que dieron el triunfo, en medio de mucha polémica a Felipe Calderón.

El mismo año que comenzó aquel sexenio conocí un mundo nuevo, el de los defensores de derechos humanos. Primero estudié, luego aprendí y luego entendí de cosas que antes no entendía. Violaciones a derechos humanos, tortura, desaparición forzada, detenciones arbitrarias, guerra sucia, militarización… y esa formación crecía paralela a la guerra que Calderón declaró al crimen organizado.

2009 fue el año en el que comencé a contar muertos. Uno tras otro. Investigar, documentar, registrar, lamentar. Perdía la cuenta y el país se me desangraba entre las manos. Me rendí dos años después, dejé de contarlos cuando sentí que la muerte ya me había envuelto con su hedor.

Hoy llego al 2 de julio de 2012 cansada, asqueada, fatigada, deprimida, convencida de que quizá formo parte de una generación a la que le tocará sólo luchar, sin tregua, porque detrás vienen otros, y otros… y otros.

Y justo, cuando quiero rendirme, las dos mujeres con las que compartí la ansiedad de la noche previa a las elecciones me recuerdan que hay que seguirle pero lo que realmente me convence de hacerlo es ver que las cosas no han sido en vano, que la semilla sembrada está dando frutos… en la indignación de mi hijo adolescente.

NOTA DE LA AUTORA: Los textos publicados en este espacio son opiniones cien por ciento personales y de ninguna manera representan los intereses o posturas de las empresas o instituciones donde la autora colabora o ha colaborado profesionalmente.

De esos días grises, cuando la muerte pesa mas.

Por: Elizabeth Palacios

No se en que momento decidí ser periodista. Quizá esto decepcione a algunos que creen que uno piensa demasiado las decisiones que determinaran el resto de la vida. Creo que, tal como pasa cuando uno encuentra al amor verdadero, el enamoramiento evoluciona sin darse cuenta hasta que ya se ha tatuado en la piel. Si, así es el amor que muchos sentimos por esta profesión.

Llámenme utópica, romántica o soñadora, ilusa también se vale, pero yo estoy convencida de que hacer periodismo es una forma de contribuir a hacer de este mundo un lugar un poco mejor. Hace poco una colega muy respetable me dijo una gran verdad que, hoy mas que nunca retumba en mis oídos: el mejor periodista es aquel que esta vivo.

Y queremos estar vivos, pero haciendo esto que nos da la vida. Queremos ser periodistas porque esa es la manera en la que hemos elegido vivir. Hacer bien nuestro trabajo, con ética y responsabilidad social es el primer paso para mantenernos con vida pero muchas veces, los siguientes pasos que nos marca el camino se salen de nuestro control.

Y aunque a veces pareciera que nos acostumbramos a la muerte cotidiana que nos ha permeado en los últimos años la realidad es que, hay días como el pasado sábado y como hoy, que la muerte pesa mas.

Y de ninguna manera esto significa que hay decesos menos importantes que otros, no. Tal vez sea porque algunas muertes te hacen sentir su frío y fétido aliento en la nuca, porque están mas cerca, porque te hacen mirarte en un espejo y hacerte muchas preguntas que no tienen respuestas.

Porque te hacen desear que hubiera formulas para hacerlo mejor, porque te preguntas donde estuvo el error, porque muy en el fondo quieres saber si tu espejo hizo algo que tu, en un futuro no deseable, podrías evitar.

Y entonces reaccionas y te das cuenta de que este día, la muerte de tus colegas te ha robado un poco de tu propia vida. Que su muerte es una herida purulenta en el cuerpo del gran amor que te mueve, del amor por el periodismo.

Queremos ser periodistas y queremos ser los mejores… Pero los mejores solo pueden serlo si están vivos. Nos queremos vivos.

Nota: todo lo publicado en este espacio es a título estrictamente personal y no refleja la opinión o postura de ningún medio de comunicación o empresa con la cual la autora mantenga una relación laboral presente o pasada.

Música para Aliens

Columna invitada

(publicada en El Gráfico, 30/nov/2011)

Por Elizabeth Palacios

Canciones para Aliens

Foto: AP/Diario La Razón

Enero de 2012 es el mes que Fito Páez ha elegido para ofrecer su corazón. Pero esta vez no se trata meramente del título de una canción; hablamos de que literalmente lanza al espacio exterior el gabinete privado que alberga en su pecho, ligado estrictamente a su propia educación sentimental.

Rodeado de estudiantes universitarios, fieles a la vocación de escuchar las palabras de los cantautores, el músico y cineasta argentino presentó en la Sala de Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario su nuevo material discográfico “Música para Aliens”.

El nombre no es un invento gracioso y ocurrente del cantante argentino, no es una metáfora pues gracias a un convenio signado entre Sony Music y la Universidad Nacional Autónoma de México el material que Fito Páez seleccionó para esta grabación peculiar será enviado a través de ondas experimentales hacia el espacio exterior.

Una antena en la tierra que usará una señal experimental y que ha costado a Sony Music 15 mil dólares es el instrumento diseñado por el Departamento de Ingeniería en Telecomunicaciones de la UNAM que hará realidad una idea que surgió espontáneamente en la mente de Fito y de Leo Sujatovich, pianista y productor de este material.

Música para Aliens

Foto: Milenio.com

Al más puro estilo de “message in a bottle”, Fito decidió enviar a las galaxias vecinas una selección muy particular de música que, para él ,representa a este planeta. Sin pretender hacer antropología ni musicología, el músico y cineasta argentino se dedicó sólo a escuchar a su propio corazón para lograr no un disco de covers, sino un conjunto de verdaderas intervenciones en las que cada tema se lo fue apropiando.

Chico Buarque, Pablo Milanés, Ryuchi Sakamoto, Jacques Brel, Frederick Mercury y hasta Giusseppe Verdi podrán ser enviados al espacio gracias a esta idea que surgió como todas las que han incidido en el mundo: en un peculiar grupo de amigos creativos.

Acompañado por la Orquesta Sinfónica Juvenil Eduardo Mata, de reciente creación en la UNAM, Fito Páez interpretó algunas de las piezas que integran el material que ya está a disposición de los melómanos terrícolas y que en enero será lanzado al universo.

¿Cómo define Fito Páez a este sueño?… como muchos seguramente hemos definido varias de las obras de este músico argentino… como “un tratado de amor”… o más específica y amorosamente expresado:  “Un álbum que hizo un flaco que tiene unos amigos que tienen un radar y lo mandan pa’ fuera”.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Texto: Elizabeth Palacios

Fotos: Arturo Rodríguez Castillo

Cuando comencé a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. Él, junto con otros artistas e intelectuales defendían el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivía feliz.

Recuerdo lo que sentí al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendían los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando había que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier caminó y habló en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino y habló junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se puede vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de México porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

El México cotidiano

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivían, estudiaban, trabajaban, tenían familias, que eran parte de un país que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes mercan armas, de quienes negocian con drogas. Un país que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a María Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrían aunque quería evitarlo, alcancé a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderóin recibió hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conocí a los padres de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército justamente hace un año en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volví a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequeños, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejército calificó como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conocí a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el año pasado a perseguir la sangre que también en el DF se derrama.

Esto también es DF

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de María Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia sí, pero más de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir más que otros… Y seguía llorando porque me han robado mi país.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde María le regaló a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

 

 

 

 

Los Muertos

por: María Rivera

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Cuando comence a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. El, junto con otros artistas e intelectuales defendian el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivia feliz.

Recuerdo lo que senti al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendian los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando habia que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier camino en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se pueda vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de Mexico porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivian, estudiaban, trabajaban, tenian familias, que eran parte de un pais que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes venden armas, de quienes venden drogas. Un pais que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a Maria Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrian aunque queria evitarlo, alcance a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderon recibio hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conoci a los padres de Martin y Bryan, ninios asesinados por el ejercito justamente hace un anio en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volvi a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequenios, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejercito califico como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conoci a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el anio pasado a perseguir la sangre que tambien en el DF se derrama.

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de Maria Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia si, pero mas de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir mas que otros… Y seguia llorando porque me han robado mi pais.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde Maria le regalo a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

Los Muertos

María Rivera · · · · ·

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

El gélido y fétido aliento de la muerte

Por: Elizabeth Palacios*

Conocí a Javier Sicilia cuando la comunidad cultural de Cuernavaca me abrió sus brazos, una comunidad pequeña, amiga, solidaria, comprometida.

Escritor, analista, activista y poeta, pero sobre todo Javier ha sido siempre un hombre congruente, de firmes convicciones y principios intachables. Así, con esos valores y ejemplo de vida estoy segura que educó a Juan Francisco.

Por eso, porque lo sé de cierto, porque doy fe de que ante todo Javier es una buena persona, sostenido por la fe católica, la solidaridad, la ética y el pacifismo, por eso es que siento rabia cuando leo o escucho afirmaciones difamantes, tajantes, que pretenden manchar la memoria de su hijo.

Y se que, lamentablemente, Juan Francisco Sicilia no es el único joven que ha sido difamado en este paño sangriento en el que se ha convertido nuestro México.

Este dolor, esta rabia, la vi igualmente en los ojos del padre y la madre de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército en Tamaulipas.

Esta impotencia se ha reflejado en las protestas ciudadanas de amigos y familiares de los jóvenes estudiantes del Tec de Monterrey y en los jóvenes masacrados en Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez.

Pero la muerte de Juan Francisco me afectó de una manera distinta. Porque el dolor de mi amigo y maestro lo he sentido como propio. Porque me hizo sentir el gélido y fétido aliento de la muerte en la nuca, como si me estuviera diciendo al oído: “Estoy cerca… cada vez más cerca”.

No hablar de la muerte, no informar de la injusticia, no gritar para que acabe la impunidad no va a cambiar la realidad, o quizá si… La va a empeorar hasta que ese hedor y ese frío termine por trastocarnos, en lo más íntimo y lo más cercano, a todos, a todas.

Desde ayer que supe que Javier se encontraba fuera del país al momento del triste hallazgo del cuerpo de su hijo Juan Francisco no he podido dejar de pensar en su dolor. Javier ha estado viajando por muchas horas… ¿Que estará pensando? ¿Cómo lo estará viviendo?

Desde aquí le envío un mensaje de solidaridad y comparto sinceramente su profundo dolor. Sé que será su fe, su enorme fe en Dios que nunca negó ni le impidió ser un luchador social de izquierda, lo que lo mantendrá en pie, pero me duele pensar en este crimen atroz, sobretodo porque es en estos momentos que uno acepta que no se está nunca preparado para tanta muerte.

*Elizabeth Palacios es periodista y obtuvo el Premio Estatal de Periodismo 2005 en Morelos.

**Este texto fue publicado originalmente en http://www.pateandopiedras.com