20 años tras la democracia; una crónica autobiográfica

 

Para Jaime, mi orgullo.

Para Lyd y Vane, con quienes somos mucho más que tres.

La noche previa a las elecciones podría ser descrita con una sola palabra: ansiedad. Reunidas en mi habitación, tal como lo habríamos hecho si tuviéramos 15 años, estábamos tres periodistas. Mujeres, apasionadas, entusiastas y necias, sobre todo, muy necias.

Y tal como lo habrían hecho tres adolescentes en una pijamada, nosotras hablamos de amor. Hablamos de ese amor que nos hace necias, el amor que tenemos por un país que seguimos sin comprender pero que nos empeñamos en defender. Hablamos de nuestras preocupaciones ciudadanas, con ojos de periodistas. De nuestras preocupaciones periodísticas con ojos ciudadanos. De nuestras preocupaciones femeninas y de nuestras ganas de ser parte de un cambio que este país nos debe desde que nos hicimos adultas.

***

La mañana del 2 de julio podia definirse con una sola palabra: entusiasmo. Levantarse temprano, vencer la pereza del domingo, abrigarse para salir y enfrentar la mañana lluviosa. Entusiasmo ciudadano por ir a ejercer el derecho al voto, entusiasmo por sentir que uno camina por la calle armado, armado de un marcador de cera o de tinta indeleble que empuñábamos dispuestos a luchar contra un lápiz rosa semiborrable.

Entusiasmo de periodista que quiere escuchar, ver, oler, vivir la jornada electoral. Periodista que quiere cazar historias y contarlas… y vivirlas, pero que decidió ese día ser simplemente ciudadana, una ciudadana que quiere votar.

Hacia el medio día el entusiasmo se transformó en euforia, ansiedad, estrés. La locura multimedia que me tuvo con un ojo en la televisión, otro en los dispositivos móviles y las redes sociales mientras los oídos estaban siguiendo las voces de quienes desde la radio trataban de explicar un país que muchas veces, las más, es inexplicable.

A las seis de la tarde había que volver a andar la calle, pero el arma era distinta. Ahora el arma era una cámara y un dispositivo con acceso a internet. La misión era fotografiar las sábanas que en cada casilla se pegarían para informar del conteo inmediato de los votos ciudadanos.

Vigilar, fotografiar, recorrer, defender. Hombres y mujeres, de todas las edades, familias enteras vi caminando entre charcos, con sombrillas y chamarras para aguardar y resguardar los resultados electorales. Una hora… dos… tres… la gente seguía. Algunos nos íbamos y volvíamos, y platicábamos y nos hacíamos uno.

Hacia las 10 de la noche, las 22 personas que queríamos lo mismo, una foto de nuestros votos, ya éramos como una familia ciudadana. Ya habíamos intercambiado teléfonos, direcciones, anécdotas y esperanzas. Una mujer me contó que estaba allí pues “su hijo estaba vivo gracias a Andrés Manuel”. Ella sonreía convencida de que aquel hombre, que esa noche cargaba sobre sus hombros las esperanzas de muchos mexicanos, había salvado la vida de su hijo, enfermo de reflujo, al haberla escuchado, al haberla recibido en su oficina cuando era jefe de gobierno de la Ciudad de México y al haber dado instrucciones para que se le otorgara apoyo para la compra de un aparato que el niño, que hoy es un adolescente, necesitaba para poder respirar.

Agradecimiento y convencimiento, me dijo la mujer al preguntarle el motivo de su presencia bajo la lluvia, afuera de la casilla, cuidando los votos. Ella era la única entre los 22 presentes que no era vecina de aquella clasemediera colonia Roma Norte. Su familia la esperaba en la Obrera, un barrio popular donde el candidato de las izquierdas tiene un amplio número de seguidores.

El resto de las personas me eran familiares. Eran los mismos vecinos con los que había conversado alguna vez mientras paseábamos a los perros en el parque o en la fila para comprar las tortillas. Las mismas personas que aún en esta gran ciudad todavía te dicen buenos días al encontrarte en la tienda de la esquina o en el puestos de jugos. Las mismas con las que he desayunado alguna vez barbacoa algún domingo, sin haberles prestado mayor atención que el cordial saludo vecinal.

Pero el ser vecinos tomaba una dimensión distinta aquella noche. Nos hacía sentir seguros, en bloque, unidos bajo la lluvia con un mismo objetivo: defender nuestro voto.

Los funcionarios de casilla seguían contando los votos. Yo había ido y venido a mi casa cinco veces. Seguíamos esperando, tomando turnos, checando las redes sociales, charlando pero cada vez más nerviosos. El Instituto Federal Electoral había comenzado a dar resultados del PREP. No había duda, todos los que estábamos ahí habíamos votado por las izquierdas… y como en toda contienda, queríamos ganar. Unos eran abiertamente militantes de alguno de los partidos que postularon a Andrés Manuel como candidato, otros no lo éramos, pero para entonces eso no importaba.

A las once de la noche volví a casa, cansada, mojada, con frío y, sobre todo, muy preocupada. Quería escuchar el mensaje del IFE que daría a conocer los resultados preliminares del conteo rápido.

Vino la decepción, así, de pronto, sin que nadie la invitara. Luego, al escuchar el mensaje del actual presidente de México aplaudiendo a un candidato proclamado ganador mucho antes de que la ley siquiera pudiera darle legitimidad alguna, la decepción se convirtió en rabia. Ese hombre pequeño que jamás me representó estaba levantando el puño de otro que no era el que mis vecinos y yo habíamos apoyado esa noche bajo la lluvia.

La rabia me dio fuerza y le abrió la puerta a la desconfianza. Me volví a abrigar y salí ahora armada con mi ipad y mi teléfono. Cuando llegué estaban pegando por fin la sábana, y los vecinos, tan tristes y enojados como yo, disparaban sin misericordia con sus armas… sus cámaras, sus teléfonos, sus ipads, iphones. Librábamos nuestra propia batalla por la democracia, allí, en confianza, en cercanía, en vecindad. Pero la tristeza se nos salía por los ojos. Andrés Manuel López Obrador había salido a decir “no todo está dicho, esperaremos a los resultados oficiales y usaremos las vías legales para impugnar cualquier irregularidad” y eso nos ayudó para despedirnos con una sonrisa. Algunos se dirigían a la casa de campaña del candidato, otros al zócalo, otros, como yo, a casa, a refugiarnos entre los brazos de los nuestros, a abrazar a esa familia que hoy más que nunca tenemos que cuidar.

Imagen

***

Ni podía comer, ni podía dormir. No estaba enojada, estaba triste… profundamente triste. Me sentí cansada, me sentí una anciana de 38 años. Envuelta en una vejez prematura por el desgaste que me han dejado 20 años de cuidar la democracia.

En 1994 fui testigo del levantamiento armado protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Tres meses más tarde, mientras estaba en clases de historia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM me enteré del asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI, el partido en el poder desde que tenía uso de razón, a la presidencia de la república. Yo no iba a votar por él. Estaba convencida de dar mi voto a Cuauhtémoc Cárdenas, representante de la izquierda, y así lo hice. Sin embargo tuve miedo, como muchos de los mexicanos que conozco que vivieron lo ocurrido aquel 23 de marzo. Yo apenas iba a cumplir 20 años y votaría por primera vez.

Seis años después viví la transición, el cambio del partido en el poder, el inicio del nuevo milenio y con él, una nueva era para la democracia en México… o eso queríamos creer. Veía la vida diferente, tenía un hijo de tres años que me impulsaba a votar de forma razonada… lo volví a hacer por Cuauhtémoc Cárdenas, quien contendía por tercera ocasión por la presidencia.

Yo vivía en el estado de Morelos donde el gobernador priísta había sido vinculado a una banda de secuestradores que tenía al centro del país asolado. Urgía quitar el poder al PRI y allí mi voto y mi confianza se la entregué a Sergio Estrada Cajigal, candidato del PAN al gobierno del estado.

Comenzó otro sexenio con una alternancia en el poder y el triunfo de Vicente Fox, un presidente de derecha por el que yo no había votado… otra vez. Pero confiaba en el gobernador. Él también me falló, como le falló a todos los morelenses. Nueve años más tarde, el sonado asesinato del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva fue el sangriento colofón de una serie de irregularidades documentadas y publicadas por diversos medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil que vinculaban a Sergio Estrada y a su gente cercana con el cártel que encabezaba aquel hombre.

En 2006 Andrés Manuel López Obrador me devolvió la esperanza. Tras una gestión notable al frente del gobierno de la ciudad de México, el candidato de la izquierda fue la esperanza para muchos, y se que éramos muchos porque estuve en medio de varias multitudes aplastantes durante la campaña presidencial… pero de nuevo vino la decepción, esta vez de las instituciones electorales que dieron el triunfo, en medio de mucha polémica a Felipe Calderón.

El mismo año que comenzó aquel sexenio conocí un mundo nuevo, el de los defensores de derechos humanos. Primero estudié, luego aprendí y luego entendí de cosas que antes no entendía. Violaciones a derechos humanos, tortura, desaparición forzada, detenciones arbitrarias, guerra sucia, militarización… y esa formación crecía paralela a la guerra que Calderón declaró al crimen organizado.

2009 fue el año en el que comencé a contar muertos. Uno tras otro. Investigar, documentar, registrar, lamentar. Perdía la cuenta y el país se me desangraba entre las manos. Me rendí dos años después, dejé de contarlos cuando sentí que la muerte ya me había envuelto con su hedor.

Hoy llego al 2 de julio de 2012 cansada, asqueada, fatigada, deprimida, convencida de que quizá formo parte de una generación a la que le tocará sólo luchar, sin tregua, porque detrás vienen otros, y otros… y otros.

Y justo, cuando quiero rendirme, las dos mujeres con las que compartí la ansiedad de la noche previa a las elecciones me recuerdan que hay que seguirle pero lo que realmente me convence de hacerlo es ver que las cosas no han sido en vano, que la semilla sembrada está dando frutos… en la indignación de mi hijo adolescente.

NOTA DE LA AUTORA: Los textos publicados en este espacio son opiniones cien por ciento personales y de ninguna manera representan los intereses o posturas de las empresas o instituciones donde la autora colabora o ha colaborado profesionalmente.

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De esos días grises, cuando la muerte pesa mas.

Por: Elizabeth Palacios

No se en que momento decidí ser periodista. Quizá esto decepcione a algunos que creen que uno piensa demasiado las decisiones que determinaran el resto de la vida. Creo que, tal como pasa cuando uno encuentra al amor verdadero, el enamoramiento evoluciona sin darse cuenta hasta que ya se ha tatuado en la piel. Si, así es el amor que muchos sentimos por esta profesión.

Llámenme utópica, romántica o soñadora, ilusa también se vale, pero yo estoy convencida de que hacer periodismo es una forma de contribuir a hacer de este mundo un lugar un poco mejor. Hace poco una colega muy respetable me dijo una gran verdad que, hoy mas que nunca retumba en mis oídos: el mejor periodista es aquel que esta vivo.

Y queremos estar vivos, pero haciendo esto que nos da la vida. Queremos ser periodistas porque esa es la manera en la que hemos elegido vivir. Hacer bien nuestro trabajo, con ética y responsabilidad social es el primer paso para mantenernos con vida pero muchas veces, los siguientes pasos que nos marca el camino se salen de nuestro control.

Y aunque a veces pareciera que nos acostumbramos a la muerte cotidiana que nos ha permeado en los últimos años la realidad es que, hay días como el pasado sábado y como hoy, que la muerte pesa mas.

Y de ninguna manera esto significa que hay decesos menos importantes que otros, no. Tal vez sea porque algunas muertes te hacen sentir su frío y fétido aliento en la nuca, porque están mas cerca, porque te hacen mirarte en un espejo y hacerte muchas preguntas que no tienen respuestas.

Porque te hacen desear que hubiera formulas para hacerlo mejor, porque te preguntas donde estuvo el error, porque muy en el fondo quieres saber si tu espejo hizo algo que tu, en un futuro no deseable, podrías evitar.

Y entonces reaccionas y te das cuenta de que este día, la muerte de tus colegas te ha robado un poco de tu propia vida. Que su muerte es una herida purulenta en el cuerpo del gran amor que te mueve, del amor por el periodismo.

Queremos ser periodistas y queremos ser los mejores… Pero los mejores solo pueden serlo si están vivos. Nos queremos vivos.

Nota: todo lo publicado en este espacio es a título estrictamente personal y no refleja la opinión o postura de ningún medio de comunicación o empresa con la cual la autora mantenga una relación laboral presente o pasada.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Texto: Elizabeth Palacios

Fotos: Arturo Rodríguez Castillo

Cuando comencé a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. Él, junto con otros artistas e intelectuales defendían el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivía feliz.

Recuerdo lo que sentí al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendían los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando había que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier caminó y habló en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino y habló junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se puede vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de México porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

El México cotidiano

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivían, estudiaban, trabajaban, tenían familias, que eran parte de un país que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes mercan armas, de quienes negocian con drogas. Un país que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a María Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrían aunque quería evitarlo, alcancé a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderóin recibió hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conocí a los padres de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército justamente hace un año en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volví a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequeños, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejército calificó como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conocí a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el año pasado a perseguir la sangre que también en el DF se derrama.

Esto también es DF

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de María Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia sí, pero más de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir más que otros… Y seguía llorando porque me han robado mi país.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde María le regaló a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

 

 

 

 

Los Muertos

por: María Rivera

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Cuando comence a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. El, junto con otros artistas e intelectuales defendian el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivia feliz.

Recuerdo lo que senti al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendian los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando habia que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier camino en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se pueda vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de Mexico porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivian, estudiaban, trabajaban, tenian familias, que eran parte de un pais que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes venden armas, de quienes venden drogas. Un pais que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a Maria Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrian aunque queria evitarlo, alcance a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderon recibio hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conoci a los padres de Martin y Bryan, ninios asesinados por el ejercito justamente hace un anio en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volvi a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequenios, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejercito califico como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conoci a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el anio pasado a perseguir la sangre que tambien en el DF se derrama.

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de Maria Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia si, pero mas de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir mas que otros… Y seguia llorando porque me han robado mi pais.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde Maria le regalo a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

Los Muertos

María Rivera · · · · ·

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

El gélido y fétido aliento de la muerte

Por: Elizabeth Palacios*

Conocí a Javier Sicilia cuando la comunidad cultural de Cuernavaca me abrió sus brazos, una comunidad pequeña, amiga, solidaria, comprometida.

Escritor, analista, activista y poeta, pero sobre todo Javier ha sido siempre un hombre congruente, de firmes convicciones y principios intachables. Así, con esos valores y ejemplo de vida estoy segura que educó a Juan Francisco.

Por eso, porque lo sé de cierto, porque doy fe de que ante todo Javier es una buena persona, sostenido por la fe católica, la solidaridad, la ética y el pacifismo, por eso es que siento rabia cuando leo o escucho afirmaciones difamantes, tajantes, que pretenden manchar la memoria de su hijo.

Y se que, lamentablemente, Juan Francisco Sicilia no es el único joven que ha sido difamado en este paño sangriento en el que se ha convertido nuestro México.

Este dolor, esta rabia, la vi igualmente en los ojos del padre y la madre de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército en Tamaulipas.

Esta impotencia se ha reflejado en las protestas ciudadanas de amigos y familiares de los jóvenes estudiantes del Tec de Monterrey y en los jóvenes masacrados en Villas de Salvarcar, en Ciudad Juárez.

Pero la muerte de Juan Francisco me afectó de una manera distinta. Porque el dolor de mi amigo y maestro lo he sentido como propio. Porque me hizo sentir el gélido y fétido aliento de la muerte en la nuca, como si me estuviera diciendo al oído: “Estoy cerca… cada vez más cerca”.

No hablar de la muerte, no informar de la injusticia, no gritar para que acabe la impunidad no va a cambiar la realidad, o quizá si… La va a empeorar hasta que ese hedor y ese frío termine por trastocarnos, en lo más íntimo y lo más cercano, a todos, a todas.

Desde ayer que supe que Javier se encontraba fuera del país al momento del triste hallazgo del cuerpo de su hijo Juan Francisco no he podido dejar de pensar en su dolor. Javier ha estado viajando por muchas horas… ¿Que estará pensando? ¿Cómo lo estará viviendo?

Desde aquí le envío un mensaje de solidaridad y comparto sinceramente su profundo dolor. Sé que será su fe, su enorme fe en Dios que nunca negó ni le impidió ser un luchador social de izquierda, lo que lo mantendrá en pie, pero me duele pensar en este crimen atroz, sobretodo porque es en estos momentos que uno acepta que no se está nunca preparado para tanta muerte.

*Elizabeth Palacios es periodista y obtuvo el Premio Estatal de Periodismo 2005 en Morelos.

**Este texto fue publicado originalmente en http://www.pateandopiedras.com

 

Texto dedicado a un migrante no identificado (asesinado en San Fernando)

 

La Declaración Universal de Derechos Humanos proclama que todos los seres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y que toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en ella, sin distinción de ningún tipo, en particular de raza, color u origen nacional. Nada más alejado de lo que encontró un migrante centroamericano que, al pasar por México, perdió la vida en una de las masacres más terribles que haya registrado la historia reciente de México. Fue uno de los setenta y dos migrantes cuya ausencia hoy lloramos.


Este hombre, uno de los treinta cuyo nombre aún no conocemos, presuntamente murió a manos de grupos de la delincuencia organizada que usan la extorsión, el robo y el secuestro de migrantes para engrosar sus ejércitos de la muerte.¿Es eso responsabilidad del Estado mexicano? Sí, contundente y definitivamente sí lo es.

Los derechos que son relevantes para los migrantes surgen a partir del derecho internacional sobre derechos humanos, del derecho sobre trabajadores migrantes, y del derecho humanitario. Pero todas las personas migrantes son seres humanos que poseen derechos humanos y libertades fundamentales e inalienables que son universalmente reconocidas en instrumentos internacionales como la Declaración Universal sobre Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, de la cual por supuesto México es signatario.

Mientras que algunos derechos humanos y libertades no son absolutos y pueden, en ciertas circunstancias limitadas, ser derogados, los derechos humanos fundamentales y las libertades nunca pueden ser suspendidos, por ejemplo, el derecho a la vida, y la libertad de la tortura. La masacre de San Fernando, en Tamaulipas ha demostrado que en México esta garantía no existe.

 

Hasta antes de hacerse pública la matanza de San Fernando, para las autoridades y la mayoría de los medios de comunicación, los inmigrantes eran personas “ilegales”. La utilización de este término conduce a decir que los seres humanos en sí mismos son ilegales. Este calificativo demuestra una tendencia a la criminalización de la migración, haciendo pasar al migrante que entra en un territorio nacional sin sus papeles en regla, por un delincuente.

En México son numerosas las detenciones de migrantes por miembros de cuerpos sin facultad legal de hacerlas. El objetivo principal de estas detenciones es la extorsión, acompañada muchas veces por violencia, amenazas, agresiones sexuales y en los últimos años se han incrementado las historias de secuestro y muerte. Todo esto ocurre a lo largo del trayecto que recorren las y los migrantes centroamericanos por México, y todo pasa en medio de una situación de total impunidad y, muchas veces, complicidad de agentes del Estado mexicano. En 2008 la Federación Internacional de Derechos Humanos y el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos visitaron juzgados y centros de defensa de los derechos humanos en nuestro país, y no encontraron un solo caso de condena judicial por los abusos contra las personas migrantes.

La matanza de San Fernando no ha sido más que la punta del iceberg. Las violaciones y abusos contra de los derechos de las personas migrantes en México han sido una realidad quizá incluso peor que la que las personas migrantes mexicanas viven en los Estados Unidos. Por ejemplo, en Arriaga, Chiapas cuando tratan de montarse en el tren que los lleva hacia la frontera con Estados Unidos, la empresa de ferrocarril contrata “garroteros”, es decir personal de seguridad que colabora con las fuerzas policiales para interceptar, golpear y detener a las personas indocumentadas. En el famoso operativo llamado “Relámpago” han fallecido muchas personas migrantes. Nadie ha sido castigado por estos crímenes. La terrible masacre de San Fernando dejó al desnudo la incoherencia del gobierno mexicano, que exige a los Estados Unidos un trato humanitario para su gente y al mismo tiempo violenta sistemáticamente los derechos humanos de los migrantes centroamericanos.

Y en algo que podría considerarse el colmo de todas las violaciones a los derechos humanos nos encontramos las irregularidades y deficiencias que hacen que hoy, este texto, esté dedicado a un migrante desconocido. Él no era un desconocido, tenía una historia, un rostro, una familia, una vida. El Estado mexicano además de no haberle garantizado su derecho a la seguridad, a no ser víctima de tortura y tratos crueles, inhumanos y degradantes, tampoco ha sido capaz de garantizar su derecho a la identidad, nombre y nacionalidad. Cuando alguien muere la ley obliga a las autoridades a comunicar al consulado para la entrega del cuerpo, pero muchas veces las autoridades se deshacen de los documentos para evitarse los trámites burocráticos y los fallecidos son clasificados como NN (no identificados). Todos estos cuerpos son enterrados en fosas comunes. En el cementerio de Tapachula, Chiapas, por ejemplo, esta fosa común está debajo de un basurero. No informar a los familiares sobre donde está enterrada una persona, constituye una violación del artículo 7 del Pacto de los Derechos Civiles y Políticos y puede ser clasificado como tortura. ¿Cuántos casos así habrá en México?

Pareciera que las autoridades mexicanas hubiesen sido “sorprendidas” por la matanza de San Fernando, pero no fue así. En el marco de una audiencia pública del 138 periodo de sesiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) efectuada el día 22 de marzo de 2010 en la ciudad de Washington DC, Estados Unidos de América, organizaciones de la sociedad civil denunciaron el secuestro sistemático y generalizado a personas migrantes en México, cometido por el crimen organizado con la complicidad de autoridades como producto de una política migratoria restrictiva y con escasa perspectiva de derechos humanos.

Al recibir la información, Felipe González, Presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Relator para los Trabajadores Migrantes y sus Familias, señaló que la cifra presentada por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, de 9,758 personas migrantes secuestradas en un lapso de seis meses era escalofriante y, sí, realmente lo es.

Así, la CIDH señaló que el Estado mexicano debía redoblar esfuerzos para prevenir que esta situación se continuara reproduciendo. Nada hicieron, pasaron los meses y así llegó el 23 de agosto de 2010, un día que sacudió al mundo cuando salieron a la luz los horrores que ha permitido un Estado que se jacta de ser promotor y protector de los derechos humanos.

Tres semanas después de que el mundo conociera la tragedia de San Fernando, el Congreso de la Unión aprobó una reforma legal por la que se permitirá a los migrantes indocumentados presentar quejas por violaciones a sus derechos humanos en México y les da garantías para recibir atención médica sin que sea revelada su situación migratoria. Nada más vergonzoso. ¿Por qué no habían hecho este trabajo antes? Era simplemente una modificación a la Ley General de Población, una reforma que quizá en algo habría ayudado para evitar la masacre.

La reforma establece que “no se podrá negar o restringir a los extranjeros que lo requieran, cualquiera que sea su situación migratoria, la atención de quejas en materia de derechos humanos y la procuración de justicia en todos los niveles, siempre y cuando cumplan con los requisitos establecidos en las disposiciones legales aplicables”. Pero ¿es que acaso no eran suficientes los tratados internacionales firmados por México? Antes de la modificación, la ley sólo señalaba que los extranjeros podían realizar trámites siempre y cuando comprobaran su estancia legal en el país. Eso era ya una violación al derecho internacional de los derechos humanos. Una entre muchas violaciones que México comete día con día.

 

Publicación original: http://www.72migrantes.com/migranteSolo.php?id=58

 

“La vida loca”: una mirada más allá de los tatuajes

Desde que tengo memoria tuve la idea de que los tatuajes te marcaban… y no sólo en el sentido literal de la marca que dejan sobre tu piel para toda tu vida, sino de la marca social y el estigma que una persona tatuada trae consigo. Cuando en la adolescencia comencé a querer expresar mis ideas y emociones en todos los espacios posibles, incluida mi propia piel, mi madre siempre me decía que “sólo los delincuentes y los expresidiarios se hacían tatuajes”. Reconozco que aunque no compartía esa idea, tampoco tuve valor para hacerme un tatuaje. Hoy tengo 36 años y sigo teniendo unas ganas infinitas de tatuarme algo que hable para siempre de lo que soy, del ser humano que siempre quiere expresar algo, quiero hablar por mi piel. Todavía no lo hago… creo que ahora es más miedo al dolor físico del procedimiento que al estigma… pero pronto lo venceré y me tatuaré.

Ustedes, queridos lectores y lectoras se preguntarán ¿y a nosotros qué nos importa lo que esta mujer, periodista, escritora, amante de la libertad piense o no piense sobre los tatuajes?, en efecto, lo que yo piense de los tatuajes no es el tema de esta reflexión. El tema es… y ¿ustedes qué piensan, qué sienten, qué se imaginan cuando ven a una persona tatuada?… ¿ya lo pensaron?

Ahora, la segunda parte de este ejercicio es… cuando una persona ha decorado su cuerpo con tatuajes a tal grado de que no sabemos cuál era el color original de su piel… ¿qué te dice eso de esa persona?… ¿han tratado de leer los mensajes que esa persona quiso expresar en su propia piel?… ¿se han puesto a pensar en el significado que esos mensajes pueden tener?… En una sola pregunta: ¿ustedes han tratado de ver más allá de los tatuajes?

En otro momento de mi vida, cuando veía el cine con ojos de cineasta y no con ojos de mujer libertaria, este post hubiera sido una reseña más del documental “La vida loca”, último trabajo del documentalista franco-español Christian Poveda. Pero hoy este post no es una reseña crítica del trabajo cinematográfico que recientemente fue estrenado en salas comerciales del Distrito Federal. Y… ¿saben por qué no lo es?… porque Christian, conmigo, como espectadora, logró su cometido: yo acepté la invitación para conocer al ser humano que hay debajo de la piel tatuada.

Las pandillas centroamericanas son el tema de este documental. Es un tema fuerte. El documental tiene un fuerte   olor a muerte… pero también es un canto a la vida. Sí… tal como lo leen. Yo no creo que Christian Poveda haya querido que los espectadores saliéramos de la sala de cine convencidos de que la desesperanza y el crimen es un destino tan incrustado en la piel de esos jóvenes como cada uno de sus tatuajes. Al menos yo no salí con esa sensación… porque la narrativa del documental, las historias presentadas, las miradas, las lágrimas, las risas, el brillo de los ojos, me hicieron dejar de ver los tatuajes en la piel de quienes integran la Mara 18, una pandilla integrada por… ¡adivinen!… POR SERES HUMANOS.

Es probable que las personas que vean este documental tengan conocimientos previos del fenómeno de las maras en Centroamérica. Tan solo con buscar un poco de noticias tendrían elementos para llegar cargadas de prejuicios, estigmas y discriminación. Probablemente haya otras personas que lleguen informadas, contextualizadas, que sepan que nacer y crecer en un país pobre, devastado por una guerra que no deja de pasar  facturas no es un asunto sencillo. Pero lo cierto es que aún aquellas personas que no saben nada de las pandillas en El Salvador podrán disfrutar este documental y, probablemente serán quienes más lo disfruten, porque llegarán ante la pantalla con los ojos limpios y los oídos abiertos… tal como lo hizo Christian Poveda.

Christian Poveda vivió con las y los pandilleros durante mucho tiempo. Él no llegó a El Salvador como Europeo lejano, no los filmó por unos días desde la lejana mirada de una persona que creció en el primer mundo. Tampoco los juzgó con la lente. No los victimizó ni los satanizó. Él sólo los aceptó, tal y como son. El resultado que se obtiene cuando alguien se acerca con honestidad, sin prejuicios, con el profesionalismo de querer contar una historia desde y para la verdad es algo como “La Vida Loca”: una mirada más allá de los tatuajes.

Y mi bandera bicentenaria apa?

Me entero por las redes sociales q entre los infames e insultantes gastos q el presidente ilegitimo de Mexico, Felipe Calderon, ha decidido hacer esta la ridicula accion de enviar banderas por correo a los hogares de las y los mexicanos.

Desde q tengo uso d razon los mexicanos hemos puesto banderas en nuestras ventanas, nuestros autos, y hasta nuestros rostros o cabello para mostrar nuestro fervor patriotico en septiembre… Entonces para q tomarse la molestia de hacer este ridiculo envío?

A mi no me ha llegado una… Probablemente porque no he cumplido con el compromiso ciudadano de notificar al IFE mi cambio d domicilio. Si su base de datos son los datos del IFE, mi bandera anda perdida en medio de los bosques d Huitzilac, Morelos, donde vivia cuando era feliz y no vivia con miedo ni rabia.

Si su fuente son los registros q nos obligaron a hacer d nuestras lineas celulares quiza no me ha llegado porque entonces tendrian mas oportunidad de saber quien soy, que opino y que he dicho publicamente q hare con la bandera: un disenio verdadero de la bandera del bicentenario.

Quiza no me llegue mi bandera con una tarjetita exhaltadora del orgullo nacional firmada por las manos manchadas d sangre d un presidente al que yo no elegi con mi voto.

Quiza me llegue… No lo se. Pero lo cierto es que hoy, como en mi familia se ha hecho por anios, comprare una banderita con los tradicionales bandereros y le cosere un liston negro en senial de luto, porque eso es lo unico q hay hoy en Mexico.

Porque un pais que no solo no ha sabido dar certeza y seguridad a su pueblo, sino q ademas se ha convertido en complice por omision de asesinos de ciudadanos de otros pueblos hermanos, no es digno de celebrar ningun bicentenario.

Un pais que arroja a sus ciudadanos a huir en busca ya no solo de empleo, sino de conservar la vida, de que puede sentirse orgulloso?

Un pais donde asesinar, desaparecer y atentar contra periodistas se ha convertido en un modus operandi sistematico para generar zozobra, miedo, psicosis y danio permanente a una democracia tan falsa como esta groseramente fastuosa celebracion. Eso es hoy Mexico.

Hemos tenido muchas banderas a lo largo de la historia y, cuando las hicieron, encerraban en si mismas simbolismos para los q libraban las respectivas batallas. Asi como el Cura Hidalgo alzo el estandarte d la virgen para enviar un mensaje al pueblo que lo sigio por fervor… Yo hoy alzare mi propia bandera… Una bandera en luto. Porque mi pueblo, mi pais, mi corazon si tiene una herida por cada uno de los muertos de una guerra que nadie pidio.

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Por tu derecho a saber y mi derecho a informar: ¡Alto a la impunidad! ¡No más agresiones contra periodistas en México!

México 4 de agosto de 2010

Comunicado

Para exigir un alto a la impunidad y las agresiones en su contra, l@s periodistas mexican@s han convocado a una manifestación abierta a la sociedad civil, que se llevará a cabo el próximo sábado 7 de agosto, a las 12 pm.

Inspirada por el lema Los Queremos Vivos, que acompañó la demanda de liberación de cuatro periodistas secuestrados el pasado 26 de julio, la manifestación partirá del Ángel de la Independencia a la Secretaría de Gobernación, entidad responsable de las garantías de libertad de expresión y derecho a la información.

Allí los periodistas demandarán, simbólicamente, seguridad el cumplimiento de su labor, intervención inmediata de las autoridades en los casos de agresiones pendientes de investigación y la puesta en marcha de medidas de protección urgentes para los periodistas que trabajan en zonas de alto riesgo.

Sólo en el primer semestre de este año, diez periodistas han sido asesinados, 11 siguen desaparecidos –entre ellos una mujer, María Esther Aguilar Casimbe– y se cuentan por lo menos 54 sucesos de violencia contra trabajadores de medios de 19 estados. Las víctimas: 64 periodistas y ocho medios de comunicación.

Hace apenas una semana, los periodistas mexicanos demandábamos la liberación de cuatro compañeros secuestrados en Gómez Palacio, Durango, bajo lema: Los queremos vivos (#losqueremosvivos). Y vivos devolvieron a Héctor Gordoa, Javier Canales, Alejandro Hernández y Oscar Solís. Sin embargo, el mismo jueves que el primero de ellos fue liberado, en Zacatecas a otro compañero lo sacaron de su casa, lo secuestraron, y ni su nombre sabemos.

La investigación de ese caso, dicen las autoridades de Zacatecas, está en curso. Abierta. Así como los cientos de agresiones y las decenas de asesinatos y desapariciones que se acumulan en los archivos de las procuradurías estatales y en la Fiscalía federal para Delitos contra Periodistas. Su número dependerá de la organización que lleva el recuento. Pero qué más da. La vida de los periodistas en estados como Chihuahua, ya ni siquiera es atractiva para las aseguradoras.

Así, desprovistos de cualquier tipo de seguridad, los reporteros, fotorreporteros, camarógrafos, entre otros trabajadores de los medios de comunicación, siguen cumpliendo con su labor, acatando la orden de trabajo aun cuando signifique riesgo para su persona. Y lo hay, comprobado está.

Hasta ahora, los periodistas han asumido en silencio el duelo de sus víctimas, pero la gravedad de los acontecimientos recientes, sus implicaciones para el periodismo y todavía más para los ciudadanos, nos animan a salir a la calle para demandar protección y responsabilidad compartida. Todos estamos obligados a aportar soluciones, desde la posición que le corresponde: como autoridad, como propietario o concesionario de un medio, como directivo, columnista, articulista, editoralista y, por supuesto, como periodistas.

Así conviene a todos frente a la amenaza de silencio, y ya no sólo violencia, que se extiende en amplias zonas del país, a causa de las agresiones, amenazas, asesinatos, secuestros y desapariciones de compañeros de los estados, principalmente.

Porque está en riesgo tu derecho a saber y mi derecho a informar, los periodistas invitamos a toda los trabajadores de medios y a los ciudadanos, en general, a acompañar en esta protesta simbólica que exigirá la intervención inmediata de todos los responsables de garantizar la seguridad de los periodistas, el derecho a la inforamación y la libertad de expresión.

PORQUE LOS QUEREMOS VIVOS

NO MÁS VIOLENCIA CONTRA LOS PERIODISTAS

COMITÉ ORGANIZADOR

LOS QUEREMOS VIVOS

Guarderia ABC: tristeza sumada con indignacion

El dolor por la muerte de un hijo debe ser indescriptible. Cuando era nina, mis familiares me relataban como habia sufrido mi madre al perder a uno de mis hermanos que fallecio a los seis meses de edad, victima de una enfermedad producida por una negligencia medica al momento del parto.
Las versiones coincidian, mi madre estuvo al borde de perder la razon. Hoy que tengo dos hijos que son la luz de mi vida, lo comprendo aun mas. Al igual que comprendo, y vivo como si fuera mio, el dolor y la indignacion de los padres y madres de los 49 bebes que fallecieron en el incendio de la guarderia ABC.
Esta tragedia, quiza la puedo ver y sentir de una forma distinta, por el hecho de que mi hijo acude mas de ocho horas diarias a un centro de cuidado infantil.
De por si ya es doloroso que en Mexico no haya flexibilidad en los horarios laborales, que las prestaciones del servicio de guarderias esten limitadas a tan pocas familias, que la responsabilidad del cuidado infantil no se vea como un compromiso de Estado sino como una responsabilidad casi enteramente de las mujeres.
Pero si a todo este panorama al que nos enfrentamos las madres y padres trabajadores, le sumamos funcionarios corruptos que lucran con los programas sociales, que avalan que lugares sin las minimas condiciones de seguridad sean habilitados como estancias infantiles, el dolor se incrementa.
Y ese dolor se transforma en rabia, indignacion, coraje y fuerza para luchar cuando servidores publicos del Estado mexicano, supuestamente comprometidos con los derechos de las ninas y los ninos, son complices de trafico de influencias, nepotismo y negligencia que, lamentablemente dieron como resultado una de las tragedias mas impactantes para la sociedad: el incendio de la Guarderia ABC.
De que sirve declarar un dia de luto nacional, cuando la impunidad es la unica ganadora en medio de este caso. Recibir a algunos de los padres de las victimas en Los Pinos un anio despues de la tragedia es una respuesta de Estado? La indiferencia del gobierno federal es insultante ante el dolor por el que han tenido que pasar las familias que perdieron a 49 bebes en medio del fuego.
Hoy se cumple un aniversario de esta tragedia. La costumbre mexicana suele llevar a los deudos a los cementerios a depositar flores y rezar. Pero la impunidad y la falta de respuestas contundentes de un Estado fallido, hoy llevan a los deudos de los 49 ninos a marchar por las calles, a protestar y dejar claro que su voz no se callara, porque el crimen cometido contra sus hijos es imposible de olvidar.

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.