Carta a Eduardo Galeano, maestro de utopías.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Por Elizabeth Palacios

Me enteré que te habías ido  un segundo después de apagar el motor del auto. Había llegado con prisa a casa para iniciar una semana más haciendo todas esas cosas que no tienen mucho sentido pero que se roban nuestro tiempo y energía en el diario vivir. Cuando leí la noticia de tu partida mis ojos comenzaron a escurrir, igual que la ropa nos escurría aquella noche en la que estuvimos cerca por última vez. Yo corría para llegar a tiempo, bajo una lluvia intensa y algo atípica en el otoño. Era el 5 de noviembre de 2012 y yo quería verte, hacía tanto que no escuchaba tu voz, tus palabras sabias y certeras. Pero no era la única, llegué tarde y me quedé afuera, recibiendo sobre mi cabello largo, el llanto del cielo. Nadie se fue, aunque la lluvia no cesaba. Colocaron unas pantallas para que pudiéramos verte y escucharte, en medio de las protestas de la multitud empapada.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Con las pausas que da alguien que sabe qué decir y cómo hacerlo, comenzaste a hablar. No sabíamos si estábamos asistiendo a una conferencia sobre un tema, si hablarías de tu último libro o del siguiente. Sólo acudimos al llamado de un amigable “encuentro con tus lectores”. Contigo ahí, no necesitábamos saber más, era tu presencia misma el consuelo que nuestras mentes buscaban.

Como soy baja de estatura, no alcanzaba a verte bien en la pantalla, pero te escuchaba, oía tu respiración un tanto cansada, que abría paso a ese sonido grave de tu voz. El mismo sonido que me puso a temblar y tartamudear la vez que tuve el atrevimiento de llamar a tu casa, así, sin pensarlo mucho, sólo tomando valor.

No recuerdo exactamente como, pero en enero de 2009 conseguí tu número telefónico. Quería reproducir “La Canción de los Presos”, un desgarrador texto que escribiste en 1979 sobre los horrores de las prisiones de la dictadura militar uruguaya, donde los presos se desahogaban escribiendo pequeños poemas de resistencia, dignidad y amor a la vida. Yo quería tener aquellas palabras en las páginas de la revista que yo editaba. Necesitaba tu permiso para hacerlo. Me habían contado ya que tu salud no era buena, pero me alentaba saber de tu compromiso con las causas justas. Nunca dejaste de creer en la justicia y por ello siempre te admiré. Viviste en carne propia los años duros, el exilio y la persecución. Pero seguiste caminando, y no sólo eso, sino que nos enseñaste que caminabas siguiendo a la utopía y con ello, alentaste a más de una generación a seguir creyendo que lo imposible se puede construir si se avanza con un paso certero y constante.

Recuerdo bien que mi corazón latía a toda prisa mientras del otro lado del auricular, se escuchaban los tonos de que a lo lejos, en tu amada Montevideo, timbraba el teléfono. Contestó ella, Helena, la mujer que acompañó tus pasos e inspiró tus letras desde 1976, en la efervescencia de los días difíciles de la historia uruguaya.

Helena me escuchó atenta mientras le explicaba el motivo de mi llamada desde las lejanas tierras mexicanas. Finalmente, aunque me advirtió que no estabas bien de salud, te llamó y te pusiste al teléfono. Repetí toda la explicación y sentía que flotaba. Estaba hablando contigo y no podía creerlo. La conversación fue breve, me preguntaste algunas cosas sobre el tipo de publicación que yo hacía y al decirte que era especializada en derechos humanos y de distribución gratuita, aceptaste de inmediato que tus palabras estuvieran en nuestras páginas. Los derechos humanos siempre fueron una de tus prioridades, pues encierran los componentes de ese utópico mundo justo con el que soñaste y nos hiciste soñar.

Nos despedimos pronto esa, la única vez que cruzamos palabra. Comenzaba el año y yo aún no sabía que la vida me iba a llevar a Montevideo nueve meses después. Que podría andar esas mismas calles que tú andabas a diario en tu ciudad, aquella a la que volviste cuando las aguas del horror se calmaron. Cuando conocí el mercado del puerto, me contaron que a veces ibas por ahí. Todos parecían saber de ti, y de que tu salud era delicada. Desde entonces tuve miedo de que te fueras pronto, pero seguiste dando la batalla por seis años más.

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Por eso corrí aquella noche bajo la lluvia, porque no sabía si tendría otra oportunidad para verte aquí, en mi México. Desafortunadamente, no la hubo.

Desde 2012 me acompañas a diario. Unos días después de aquella tarde en que tuve que conformarme con escucharte leer mientras la lluvia me empapaba, viajé a Francia llevando conmigo Los Hijos de los Días, el libro hecho con peculiares efemérides que se convertiría en tu última publicación. Me asombra la precisión con la que tus palabras me revelan algo cada día.

El 13 de abril, fue el día que tu cuerpo eligió para abandonar esta dimensión, para transformarse y continuar el viaje hacia otros mundos. En ese libro, el que descansa en mi buró todas las noches para acompañarme cada mañana, tal fecha está dedicada a la ignorancia del hombre moderno occidental, que no supo entender la sabiduría cuando la tuvo enfrente y, ante lo desconocido, apostó por la barbarie. Fue tu último día en la tierra y aún así me obligas a reflexionar… ¿nosotros habremos sido capaces de verte?

Descansa en paz no es una frase para ti, porque tu alma y tu mente fueron incansables, igual que tus convicciones. No descanses Galeano, transfórmate y no abandones al mundo que, sin tus palabras, ha quedado un poco más a merced de la barbarie a la que a diario intenta someternos la ignorancia. Buen viaje maestro de utopías y no descanses, que nosotros no lo haremos. Así nos lo enseñaste.

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De esos días grises, cuando la muerte pesa mas.

Por: Elizabeth Palacios

No se en que momento decidí ser periodista. Quizá esto decepcione a algunos que creen que uno piensa demasiado las decisiones que determinaran el resto de la vida. Creo que, tal como pasa cuando uno encuentra al amor verdadero, el enamoramiento evoluciona sin darse cuenta hasta que ya se ha tatuado en la piel. Si, así es el amor que muchos sentimos por esta profesión.

Llámenme utópica, romántica o soñadora, ilusa también se vale, pero yo estoy convencida de que hacer periodismo es una forma de contribuir a hacer de este mundo un lugar un poco mejor. Hace poco una colega muy respetable me dijo una gran verdad que, hoy mas que nunca retumba en mis oídos: el mejor periodista es aquel que esta vivo.

Y queremos estar vivos, pero haciendo esto que nos da la vida. Queremos ser periodistas porque esa es la manera en la que hemos elegido vivir. Hacer bien nuestro trabajo, con ética y responsabilidad social es el primer paso para mantenernos con vida pero muchas veces, los siguientes pasos que nos marca el camino se salen de nuestro control.

Y aunque a veces pareciera que nos acostumbramos a la muerte cotidiana que nos ha permeado en los últimos años la realidad es que, hay días como el pasado sábado y como hoy, que la muerte pesa mas.

Y de ninguna manera esto significa que hay decesos menos importantes que otros, no. Tal vez sea porque algunas muertes te hacen sentir su frío y fétido aliento en la nuca, porque están mas cerca, porque te hacen mirarte en un espejo y hacerte muchas preguntas que no tienen respuestas.

Porque te hacen desear que hubiera formulas para hacerlo mejor, porque te preguntas donde estuvo el error, porque muy en el fondo quieres saber si tu espejo hizo algo que tu, en un futuro no deseable, podrías evitar.

Y entonces reaccionas y te das cuenta de que este día, la muerte de tus colegas te ha robado un poco de tu propia vida. Que su muerte es una herida purulenta en el cuerpo del gran amor que te mueve, del amor por el periodismo.

Queremos ser periodistas y queremos ser los mejores… Pero los mejores solo pueden serlo si están vivos. Nos queremos vivos.

Nota: todo lo publicado en este espacio es a título estrictamente personal y no refleja la opinión o postura de ningún medio de comunicación o empresa con la cual la autora mantenga una relación laboral presente o pasada.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Texto: Elizabeth Palacios

Fotos: Arturo Rodríguez Castillo

Cuando comencé a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. Él, junto con otros artistas e intelectuales defendían el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivía feliz.

Recuerdo lo que sentí al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendían los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando había que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier caminó y habló en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino y habló junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se puede vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de México porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

El México cotidiano

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivían, estudiaban, trabajaban, tenían familias, que eran parte de un país que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes mercan armas, de quienes negocian con drogas. Un país que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a María Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrían aunque quería evitarlo, alcancé a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderóin recibió hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conocí a los padres de Martín y Bryan, niños asesinados por el ejército justamente hace un año en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volví a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequeños, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejército calificó como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conocí a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el año pasado a perseguir la sangre que también en el DF se derrama.

Esto también es DF

Foto: Cortesía de Arturo Rodríguez Castillo

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de María Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia sí, pero más de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir más que otros… Y seguía llorando porque me han robado mi país.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde María le regaló a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

 

 

 

 

Los Muertos

por: María Rivera

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.

Los muertos tuyos, los muertos mios… los muertos de Mexico

Cuando comence a tratar a Javier Sicilia fue en medio de un movimiento social. El, junto con otros artistas e intelectuales defendian el patrimonio cultural de su ciudad, un lugar que era hermoso, un lugar donde se vivia feliz.

Recuerdo lo que senti al cubrir la megamarcha en la que los morelenses defendian los murales del Casino de la Selva. Ahí estaba Javier. Cuando salimos a la calle con nuestros hijos para pedir que se detuviera la guerra en Irak… Ahí estaba Javier. Cuando habia que hacerse escuchar… Ahí estaba Javier. Siempre congruente, siempre entero, siempre amable.

Hoy Javier camino en Cuernavaca, junto a su gente, pero tambien camino junto a nosotros en DF, y en Puebla, y en Juarez, y en Monterrey y en Paris… Su espiritu, sus palabras, su poesia y su dolor caminaron junto a todos los que hoy quisimos tomar la calle para decir que ya no podemos mas… Que el miedo no es algo con lo que se pueda vivir.

Hoy llegue a la plancha del zocalo de la Ciudad de Mexico porque me duele la muerte de Juan Francisco Sicilia, pero tambien las otras muertes absurdas que han llenado planas y planas de diarios que han dejado de contar historias para contar cadaveres.

La marcha fue para recordar que los muertos no son numeros. Son seres humanos que vivian, estudiaban, trabajaban, tenian familias, que eran parte de un pais que se ha olvidado de sus nombres, de sus vidas, para lucrar con su muerte, para vender resultados a los intereses de quienes venden armas, de quienes venden drogas. Un pais que se me desangra entre las manos.

Y mientras escuchaba a Maria Rivera leer un poema desgarrador y mis ojos se escurrian aunque queria evitarlo, alcance a escuchar a dos personas decir: “Oi que Calderon recibio hoy a Javier Sicilia, si a ese, al que le mataron al hijo”.

Y no pude evitar recordar cuando conoci a los padres de Martin y Bryan, ninios asesinados por el ejercito justamente hace un anio en Tamaulipas. A ellos no los recibió el presidente. Y volvi a sentirme reflejada en la mirada de Cintya Salazar Castillo, madre de estos pequenios, mujer mexicana de 28 anios, muerta en vida por lo que el ejercito califico como un “error”.

Y no pude evitar odiarme por no haber marchado por ellos, ni por los que aparecieron apilados, asesinados tras haber estado bebiendo cerveza afuera de una tienda en Morelos, ni por los que conoci a traves de los relatos, fotos y videos de mi querido Arturo que cada noche salia el anio pasado a perseguir la sangre que tambien en el DF se derrama.

Y mientras pensaba eso escuchaba la voz de Maria Rivera y en automatico lloraba… Lloraba de rabia si, pero mas de dolor. Y lloraba de culpa por no hacer mucho y de miedo por hacer y decir mas que otros… Y seguia llorando porque me han robado mi pais.

Aqui les dejo las palabras certeras, dolorosas, hirientes pero abruptamente reales que esta tarde Maria le regalo a los miles de muertos con los que todos y todas tenemos una gran deuda:

Los Muertos

María Rivera · · · · ·

Allá vienen

los descabezados,

los mancos,

los descuartizados,

a las que les partieron el coxis,

a los que les aplastaron la cabeza,

los pequeñitos llorando

entre paredes oscuras

de minerales y arena.

Allá vienen

los que duermen en edificios

de tumbas clandestinas:

vienen con los ojos vendados,

atadas las manos,

baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,

cuñados, yernos, vecinos,

la mujer que violaron entre todos antes de matarla,

el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,

la que también violaron, escapó y lo contó viene

caminando por Broadway,

se consuela con el llanto de las ambulancias,

las puertas de los hospitales,

la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen

los muertos que salieron de Usulután,

de La Paz,

de La Unión,

de La libertad,

de Sonsonate,

de San Salvador,

de San Juan Mixtepec,

de Cuscatlán,

de El Progreso,

de El Guante,

llorando,

a los que despidieron en una fiesta con karaoke,

y los encontraron baleados en Tecate.

Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,

al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,

los que estuvieron secuestrados

con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años

tres veces.

¿De dónde vienen,

de qué gangrena,

oh linfa,

los sanguinarios,

los desalmados,

los carniceros

asesinos?

Allá vienen

los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,

engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,

caminan,

se arrastran,

con su cuenco de horror entre las manos,

su espeluznante ternura.

Se llaman

los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,

los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,

los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,

los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,

los muertos que encontraron colgando de los puentes,

los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,

los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,

los muertos que encontraron en coches abandonados,

los muertos que encontraron en San Fernando,

los sin número que destazaron y aún no encuentran,

las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos

disueltos en tambos.

Se llaman

restos, cadáveres, occisos,

se llaman

los muertos a los que madres no se cansan de esperar

los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,

los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,

imaginan entre subways y gringos.

Se llaman

chambrita tejida en el cajón del alma,

camisetita de tres meses,

la foto de la sonrisa chimuela,

se llaman mamita,

papito,

se llaman

pataditas

en el vientre

y el primer llanto,

se llaman cuatro hijos,

Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)

y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,

se llaman ganas de bailar en las fiestas,

se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,

se llaman muchachos,

se llaman ganas

de construir una casa,

echar tabique,

darle de comer a mis hijos,

se llaman dos dólares por limpiar frijoles,

casas, haciendas, oficinas,

se llaman

llantos de niños en pisos de tierra,

la luz volando sobre los pájaros,

el vuelo de las palomas en la iglesia,

se llaman

besos a la orilla del río,

se llaman

Gelder (17)

Daniel (22)

Filmar (24)

Ismael (15)

Agustín (20)

José (16)

Jacinta (21)

Inés (28)

Francisco (53)

entre matorrales,

amordazados,

en jardines de ranchos

maniatados,

en jardines de casas de seguridad

desvanecidos,

en parajes olvidados,

desintegrándose muda,

calladamente,

se llaman

secretos de sicarios,

secretos de matanzas,

secretos de policías,

se llaman llanto,

se llaman neblina,

se llaman cuerpo,

se llaman piel,

se llaman tibieza,

se llaman beso,

se llaman abrazo,

se llaman risa,

se llaman personas,

se llaman súplicas,

se llamaban yo,

se llamaban tú,

se llamaban nosotros,

se llaman vergüenza,

se llaman llanto.

Allá van

María,

Juana,

Petra,

Carolina,

13,

18,

25,

16,

los pechos mordidos,

las manos atadas,

calcinados sus cuerpos,

sus huesos pulidos por la arena del desierto.

Se llaman

las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,

se llaman

las mujeres que salen de noche solas a los bares,

se llaman

mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,

se llaman

hermanas,

hijas,

madres,

tías,

desaparecidas,

violadas,

calcinadas,

aventadas,

se llaman carne,

se llaman carne.

Allá

sin flores,

sin losas,

sin edad,

sin nombre,

sin llanto,

duermen en su cementerio:

se llama Temixco,

se llama Santa Ana,

se llama Mazatepec,

se llama Juárez,

se llama Puente de Ixtla,

se llama San Fernando,

se llama Tlaltizapán,

se llama Samalayuca,

se llama el Capulín,

se llama Reynosa,

se llama Nuevo Laredo,

se llama Guadalupe,

se llama Lomas de Poleo,

se llama México.

María Rivera, poeta y ensayista, nació en 1971 en la Ciudad de México. Es autora de los libros de poesía Traslación de dominio (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2000 y 2004) con el cual obtuvo el “Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2000” y Hay batallas (Joaquín Mortiz, 2005) con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde el 2

http://nuestraaparenterendicion.blogspot.com

Escrito por Elizabeth Palacios. Periodista y defensora de derechos humanos. Publicado con WordPress para BlackBerry.