20 años tras la democracia; una crónica autobiográfica

 

Para Jaime, mi orgullo.

Para Lyd y Vane, con quienes somos mucho más que tres.

La noche previa a las elecciones podría ser descrita con una sola palabra: ansiedad. Reunidas en mi habitación, tal como lo habríamos hecho si tuviéramos 15 años, estábamos tres periodistas. Mujeres, apasionadas, entusiastas y necias, sobre todo, muy necias.

Y tal como lo habrían hecho tres adolescentes en una pijamada, nosotras hablamos de amor. Hablamos de ese amor que nos hace necias, el amor que tenemos por un país que seguimos sin comprender pero que nos empeñamos en defender. Hablamos de nuestras preocupaciones ciudadanas, con ojos de periodistas. De nuestras preocupaciones periodísticas con ojos ciudadanos. De nuestras preocupaciones femeninas y de nuestras ganas de ser parte de un cambio que este país nos debe desde que nos hicimos adultas.

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La mañana del 2 de julio podia definirse con una sola palabra: entusiasmo. Levantarse temprano, vencer la pereza del domingo, abrigarse para salir y enfrentar la mañana lluviosa. Entusiasmo ciudadano por ir a ejercer el derecho al voto, entusiasmo por sentir que uno camina por la calle armado, armado de un marcador de cera o de tinta indeleble que empuñábamos dispuestos a luchar contra un lápiz rosa semiborrable.

Entusiasmo de periodista que quiere escuchar, ver, oler, vivir la jornada electoral. Periodista que quiere cazar historias y contarlas… y vivirlas, pero que decidió ese día ser simplemente ciudadana, una ciudadana que quiere votar.

Hacia el medio día el entusiasmo se transformó en euforia, ansiedad, estrés. La locura multimedia que me tuvo con un ojo en la televisión, otro en los dispositivos móviles y las redes sociales mientras los oídos estaban siguiendo las voces de quienes desde la radio trataban de explicar un país que muchas veces, las más, es inexplicable.

A las seis de la tarde había que volver a andar la calle, pero el arma era distinta. Ahora el arma era una cámara y un dispositivo con acceso a internet. La misión era fotografiar las sábanas que en cada casilla se pegarían para informar del conteo inmediato de los votos ciudadanos.

Vigilar, fotografiar, recorrer, defender. Hombres y mujeres, de todas las edades, familias enteras vi caminando entre charcos, con sombrillas y chamarras para aguardar y resguardar los resultados electorales. Una hora… dos… tres… la gente seguía. Algunos nos íbamos y volvíamos, y platicábamos y nos hacíamos uno.

Hacia las 10 de la noche, las 22 personas que queríamos lo mismo, una foto de nuestros votos, ya éramos como una familia ciudadana. Ya habíamos intercambiado teléfonos, direcciones, anécdotas y esperanzas. Una mujer me contó que estaba allí pues “su hijo estaba vivo gracias a Andrés Manuel”. Ella sonreía convencida de que aquel hombre, que esa noche cargaba sobre sus hombros las esperanzas de muchos mexicanos, había salvado la vida de su hijo, enfermo de reflujo, al haberla escuchado, al haberla recibido en su oficina cuando era jefe de gobierno de la Ciudad de México y al haber dado instrucciones para que se le otorgara apoyo para la compra de un aparato que el niño, que hoy es un adolescente, necesitaba para poder respirar.

Agradecimiento y convencimiento, me dijo la mujer al preguntarle el motivo de su presencia bajo la lluvia, afuera de la casilla, cuidando los votos. Ella era la única entre los 22 presentes que no era vecina de aquella clasemediera colonia Roma Norte. Su familia la esperaba en la Obrera, un barrio popular donde el candidato de las izquierdas tiene un amplio número de seguidores.

El resto de las personas me eran familiares. Eran los mismos vecinos con los que había conversado alguna vez mientras paseábamos a los perros en el parque o en la fila para comprar las tortillas. Las mismas personas que aún en esta gran ciudad todavía te dicen buenos días al encontrarte en la tienda de la esquina o en el puestos de jugos. Las mismas con las que he desayunado alguna vez barbacoa algún domingo, sin haberles prestado mayor atención que el cordial saludo vecinal.

Pero el ser vecinos tomaba una dimensión distinta aquella noche. Nos hacía sentir seguros, en bloque, unidos bajo la lluvia con un mismo objetivo: defender nuestro voto.

Los funcionarios de casilla seguían contando los votos. Yo había ido y venido a mi casa cinco veces. Seguíamos esperando, tomando turnos, checando las redes sociales, charlando pero cada vez más nerviosos. El Instituto Federal Electoral había comenzado a dar resultados del PREP. No había duda, todos los que estábamos ahí habíamos votado por las izquierdas… y como en toda contienda, queríamos ganar. Unos eran abiertamente militantes de alguno de los partidos que postularon a Andrés Manuel como candidato, otros no lo éramos, pero para entonces eso no importaba.

A las once de la noche volví a casa, cansada, mojada, con frío y, sobre todo, muy preocupada. Quería escuchar el mensaje del IFE que daría a conocer los resultados preliminares del conteo rápido.

Vino la decepción, así, de pronto, sin que nadie la invitara. Luego, al escuchar el mensaje del actual presidente de México aplaudiendo a un candidato proclamado ganador mucho antes de que la ley siquiera pudiera darle legitimidad alguna, la decepción se convirtió en rabia. Ese hombre pequeño que jamás me representó estaba levantando el puño de otro que no era el que mis vecinos y yo habíamos apoyado esa noche bajo la lluvia.

La rabia me dio fuerza y le abrió la puerta a la desconfianza. Me volví a abrigar y salí ahora armada con mi ipad y mi teléfono. Cuando llegué estaban pegando por fin la sábana, y los vecinos, tan tristes y enojados como yo, disparaban sin misericordia con sus armas… sus cámaras, sus teléfonos, sus ipads, iphones. Librábamos nuestra propia batalla por la democracia, allí, en confianza, en cercanía, en vecindad. Pero la tristeza se nos salía por los ojos. Andrés Manuel López Obrador había salido a decir “no todo está dicho, esperaremos a los resultados oficiales y usaremos las vías legales para impugnar cualquier irregularidad” y eso nos ayudó para despedirnos con una sonrisa. Algunos se dirigían a la casa de campaña del candidato, otros al zócalo, otros, como yo, a casa, a refugiarnos entre los brazos de los nuestros, a abrazar a esa familia que hoy más que nunca tenemos que cuidar.

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Ni podía comer, ni podía dormir. No estaba enojada, estaba triste… profundamente triste. Me sentí cansada, me sentí una anciana de 38 años. Envuelta en una vejez prematura por el desgaste que me han dejado 20 años de cuidar la democracia.

En 1994 fui testigo del levantamiento armado protagonizado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Tres meses más tarde, mientras estaba en clases de historia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM me enteré del asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI, el partido en el poder desde que tenía uso de razón, a la presidencia de la república. Yo no iba a votar por él. Estaba convencida de dar mi voto a Cuauhtémoc Cárdenas, representante de la izquierda, y así lo hice. Sin embargo tuve miedo, como muchos de los mexicanos que conozco que vivieron lo ocurrido aquel 23 de marzo. Yo apenas iba a cumplir 20 años y votaría por primera vez.

Seis años después viví la transición, el cambio del partido en el poder, el inicio del nuevo milenio y con él, una nueva era para la democracia en México… o eso queríamos creer. Veía la vida diferente, tenía un hijo de tres años que me impulsaba a votar de forma razonada… lo volví a hacer por Cuauhtémoc Cárdenas, quien contendía por tercera ocasión por la presidencia.

Yo vivía en el estado de Morelos donde el gobernador priísta había sido vinculado a una banda de secuestradores que tenía al centro del país asolado. Urgía quitar el poder al PRI y allí mi voto y mi confianza se la entregué a Sergio Estrada Cajigal, candidato del PAN al gobierno del estado.

Comenzó otro sexenio con una alternancia en el poder y el triunfo de Vicente Fox, un presidente de derecha por el que yo no había votado… otra vez. Pero confiaba en el gobernador. Él también me falló, como le falló a todos los morelenses. Nueve años más tarde, el sonado asesinato del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva fue el sangriento colofón de una serie de irregularidades documentadas y publicadas por diversos medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil que vinculaban a Sergio Estrada y a su gente cercana con el cártel que encabezaba aquel hombre.

En 2006 Andrés Manuel López Obrador me devolvió la esperanza. Tras una gestión notable al frente del gobierno de la ciudad de México, el candidato de la izquierda fue la esperanza para muchos, y se que éramos muchos porque estuve en medio de varias multitudes aplastantes durante la campaña presidencial… pero de nuevo vino la decepción, esta vez de las instituciones electorales que dieron el triunfo, en medio de mucha polémica a Felipe Calderón.

El mismo año que comenzó aquel sexenio conocí un mundo nuevo, el de los defensores de derechos humanos. Primero estudié, luego aprendí y luego entendí de cosas que antes no entendía. Violaciones a derechos humanos, tortura, desaparición forzada, detenciones arbitrarias, guerra sucia, militarización… y esa formación crecía paralela a la guerra que Calderón declaró al crimen organizado.

2009 fue el año en el que comencé a contar muertos. Uno tras otro. Investigar, documentar, registrar, lamentar. Perdía la cuenta y el país se me desangraba entre las manos. Me rendí dos años después, dejé de contarlos cuando sentí que la muerte ya me había envuelto con su hedor.

Hoy llego al 2 de julio de 2012 cansada, asqueada, fatigada, deprimida, convencida de que quizá formo parte de una generación a la que le tocará sólo luchar, sin tregua, porque detrás vienen otros, y otros… y otros.

Y justo, cuando quiero rendirme, las dos mujeres con las que compartí la ansiedad de la noche previa a las elecciones me recuerdan que hay que seguirle pero lo que realmente me convence de hacerlo es ver que las cosas no han sido en vano, que la semilla sembrada está dando frutos… en la indignación de mi hijo adolescente.

NOTA DE LA AUTORA: Los textos publicados en este espacio son opiniones cien por ciento personales y de ninguna manera representan los intereses o posturas de las empresas o instituciones donde la autora colabora o ha colaborado profesionalmente.