Carta a Eduardo Galeano, maestro de utopías.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Por Elizabeth Palacios

Me enteré que te habías ido  un segundo después de apagar el motor del auto. Había llegado con prisa a casa para iniciar una semana más haciendo todas esas cosas que no tienen mucho sentido pero que se roban nuestro tiempo y energía en el diario vivir. Cuando leí la noticia de tu partida mis ojos comenzaron a escurrir, igual que la ropa nos escurría aquella noche en la que estuvimos cerca por última vez. Yo corría para llegar a tiempo, bajo una lluvia intensa y algo atípica en el otoño. Era el 5 de noviembre de 2012 y yo quería verte, hacía tanto que no escuchaba tu voz, tus palabras sabias y certeras. Pero no era la única, llegué tarde y me quedé afuera, recibiendo sobre mi cabello largo, el llanto del cielo. Nadie se fue, aunque la lluvia no cesaba. Colocaron unas pantallas para que pudiéramos verte y escucharte, en medio de las protestas de la multitud empapada.

Sólo el bálsamo de tu tono de voz, calmado pero certero pudo tranquilizar a esa masa humana que permanecía ahí bajo la lluvia. Una masa compuesta de estudiantes, profesores, lectores, intelectuales o no, pero ávidos de encontrar en alguna de tus palabras, la fe perdida ante la sinrazón.

Con las pausas que da alguien que sabe qué decir y cómo hacerlo, comenzaste a hablar. No sabíamos si estábamos asistiendo a una conferencia sobre un tema, si hablarías de tu último libro o del siguiente. Sólo acudimos al llamado de un amigable “encuentro con tus lectores”. Contigo ahí, no necesitábamos saber más, era tu presencia misma el consuelo que nuestras mentes buscaban.

Como soy baja de estatura, no alcanzaba a verte bien en la pantalla, pero te escuchaba, oía tu respiración un tanto cansada, que abría paso a ese sonido grave de tu voz. El mismo sonido que me puso a temblar y tartamudear la vez que tuve el atrevimiento de llamar a tu casa, así, sin pensarlo mucho, sólo tomando valor.

No recuerdo exactamente como, pero en enero de 2009 conseguí tu número telefónico. Quería reproducir “La Canción de los Presos”, un desgarrador texto que escribiste en 1979 sobre los horrores de las prisiones de la dictadura militar uruguaya, donde los presos se desahogaban escribiendo pequeños poemas de resistencia, dignidad y amor a la vida. Yo quería tener aquellas palabras en las páginas de la revista que yo editaba. Necesitaba tu permiso para hacerlo. Me habían contado ya que tu salud no era buena, pero me alentaba saber de tu compromiso con las causas justas. Nunca dejaste de creer en la justicia y por ello siempre te admiré. Viviste en carne propia los años duros, el exilio y la persecución. Pero seguiste caminando, y no sólo eso, sino que nos enseñaste que caminabas siguiendo a la utopía y con ello, alentaste a más de una generación a seguir creyendo que lo imposible se puede construir si se avanza con un paso certero y constante.

Recuerdo bien que mi corazón latía a toda prisa mientras del otro lado del auricular, se escuchaban los tonos de que a lo lejos, en tu amada Montevideo, timbraba el teléfono. Contestó ella, Helena, la mujer que acompañó tus pasos e inspiró tus letras desde 1976, en la efervescencia de los días difíciles de la historia uruguaya.

Helena me escuchó atenta mientras le explicaba el motivo de mi llamada desde las lejanas tierras mexicanas. Finalmente, aunque me advirtió que no estabas bien de salud, te llamó y te pusiste al teléfono. Repetí toda la explicación y sentía que flotaba. Estaba hablando contigo y no podía creerlo. La conversación fue breve, me preguntaste algunas cosas sobre el tipo de publicación que yo hacía y al decirte que era especializada en derechos humanos y de distribución gratuita, aceptaste de inmediato que tus palabras estuvieran en nuestras páginas. Los derechos humanos siempre fueron una de tus prioridades, pues encierran los componentes de ese utópico mundo justo con el que soñaste y nos hiciste soñar.

Nos despedimos pronto esa, la única vez que cruzamos palabra. Comenzaba el año y yo aún no sabía que la vida me iba a llevar a Montevideo nueve meses después. Que podría andar esas mismas calles que tú andabas a diario en tu ciudad, aquella a la que volviste cuando las aguas del horror se calmaron. Cuando conocí el mercado del puerto, me contaron que a veces ibas por ahí. Todos parecían saber de ti, y de que tu salud era delicada. Desde entonces tuve miedo de que te fueras pronto, pero seguiste dando la batalla por seis años más.

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Por eso corrí aquella noche bajo la lluvia, porque no sabía si tendría otra oportunidad para verte aquí, en mi México. Desafortunadamente, no la hubo.

Desde 2012 me acompañas a diario. Unos días después de aquella tarde en que tuve que conformarme con escucharte leer mientras la lluvia me empapaba, viajé a Francia llevando conmigo Los Hijos de los Días, el libro hecho con peculiares efemérides que se convertiría en tu última publicación. Me asombra la precisión con la que tus palabras me revelan algo cada día.

El 13 de abril, fue el día que tu cuerpo eligió para abandonar esta dimensión, para transformarse y continuar el viaje hacia otros mundos. En ese libro, el que descansa en mi buró todas las noches para acompañarme cada mañana, tal fecha está dedicada a la ignorancia del hombre moderno occidental, que no supo entender la sabiduría cuando la tuvo enfrente y, ante lo desconocido, apostó por la barbarie. Fue tu último día en la tierra y aún así me obligas a reflexionar… ¿nosotros habremos sido capaces de verte?

Descansa en paz no es una frase para ti, porque tu alma y tu mente fueron incansables, igual que tus convicciones. No descanses Galeano, transfórmate y no abandones al mundo que, sin tus palabras, ha quedado un poco más a merced de la barbarie a la que a diario intenta someternos la ignorancia. Buen viaje maestro de utopías y no descanses, que nosotros no lo haremos. Así nos lo enseñaste.

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